martes, 26 de agosto de 2014

Cine y carreras de caballos (I).

EL CINE Y LAS CARRERAS DE CABALLOS.

Recientemente He revisado dos películas –Seabiscuit, más allá de la leyenda (Gary Roos, 2003) y Secretariat (Randall Wallace, 2010)- que abordan las respectivas historias de dos caballos de carreras convertidos en poderosos mitos del siglo XX entre los aficionados al turf. Ambas son producciones hollywoodienses de impecable factura técnica, que recrean hechos reales con notable fidelidad y cierta capacidad de emoción. Antes de escribir sobre ellas, no obstante, me gustaría hacer un breve recorrido por la visión que, a lo largo de su historia, ha ofrecido el cine sobre el mundo las carreras de caballos.

ENTRE LA FICCIÓN Y LA REALIDAD.

Una primera impresión, haciendo rápido inventario de títulos, indica que el turf no ha tenido excesiva fortuna en su traslación a la pantalla; al menos no tanta como otros deportes. Pienso especialmente en el boxeo, que no me gusta nada pero ha propiciado numerosas obras maestras, desde Gentleman Jim (Raoul Walsh, 1942) a Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004); y en el automovilismo, que en cambio me apasiona y ha originado títulos tan admirables como Grand Prix (John Frankenheimer, 1966) o la más reciente Rush (Ron Howard, 2013).
                                                                                                                                                                   

Sangre de pista. Dirigida por John Ford en 1925.
Imagen: www. Fripesci.com
Nunca he conseguido ver Sangre de pista, dirigida en 1925 por el gran John Ford, así que cito lo que escribió sobre ella el crítico y biógrafo del cineasta, Joseph MacBride: “Se trata de una encantadora traslación al mundo de los caballos de carreras de los temas esenciales de Ford: la separación de la familia, la tragedia y la gloria de acatar un deber y el orgullo de la tradición”. Todo ello, al parecer, narrado en primera persona por la yegua que da nombre al título original de la película (Kentucky Pride) y con la presencia de auténticos caballos de carreras de la época, entre ellos el legendario Man o’War.

Saratoga (Jack Conway, 1937) es una de las muchas comedias románticas que se hicieron en aquella época al servicio de las estrellas de la Metro (Clark Gable y Jean Harlow). El célebre galán interpreta aquí a un apostante empedernido, pero el turf es solo un telón de fondo. Las escenas ambientadas en el hipódromo son, a pesar de todo, lo más estimulante de una película recordada principalmente por el fallecimiento durante su rodaje de La rubia platino de Hollywood, Jean Harlow, con tan solo 26 años.

Un día en las carreras (Sam Wood, 1937) es un pequeño clásico a mayor gloria de los hermanos Marx. Vista hoy, la circense carrera de Steeples que cierra la película es menos divertida de lo que debió parecer en su momento, aunque en lo esencial la secuencia no se diferencia demasiado de otras carreras filmadas para el cine sin la misma intención paródica: acercándose a la meta, el caballo protagonista supera a los demás a una velocidad de vértigo, mientras los jinetes rivales tiran de las riendas de sus monturas sin ningún disimulo.

Aunque no la he vuelto a ver desde hace muchos años, guardo un grato recuerdo de Fuego de juventud (Clarence Brown, 1944), protagonizada por una jovencísima Elizabeth Taylor, empeñada en correr el Grand National con Pie, un caballo que iba a ser sacrificado; y un entusiasta entrenador interpretado por Mickey Rooney. Imágenes reales de la carrera de Aintree se combinaban con trasparencias más que evidentes, pero había emoción y sentido del espectáculo. La fórmula (adolescente que se rebela contra todos los infortunios para vencer con su caballo en una gran carrera) ha sido muy imitada desde entonces, especialmente en telefilms, y no siempre con imaginación.




A David Butler, director más bien discreto, debían apasionarle las carreras de caballos. En 1937 rodó Kentucky, la historia de dos familias de rancheros enfrentadas al término de la  Guerra Civil, aderezada por un romance algo shakespeariano y el famoso Derby convertido en símbolo de la catarsis. En 1949 filmó A rienda suelta, una primera versión de la historia de Seabiscuit, cuyas hazañas aún estaban muy recientes en el acervo popular norteamericano. En 1956 cerró la trilogía con Glory, para la que se utilizaron imágenes reales de Derby de Kentucky celebrado el año anterior.

Si menciono Atraco Perfecto (1955) es principalmente por la calidad de la película, dirigida por Stanley Kubrick con extraña sobriedad y concisión. La admirable tensión del film alcanza su clímax en el asalto a la caja fuerte del hipódromo, después de que un francotirador apostado en la curva haya disparado sobre Relámpago Rojo, favorito de la séptima carrera y triste víctima colateral. Como bien sabemos, en el cine los atracos perfectos no existen y el botín acaba volando al viento, acaso para certificar lo cenizo que era Sterling Hayden, intérprete del líder de la banda, cuando se trataba de delinquir. El actor ya había fracasado cinco años antes en el atraco, igualmente imperfecto, de la hustoniana La jungla de Asfalto. Allí al menos le quedaba el consuelo de una muerte serena, acompañado en su adiós por los purasangres de la granja de Kentucky donde había crecido: el símbolo de la pureza irrecuperable frente a la ciudad sórdida. No hay piedad en el cine clásico norteamericano para quienes infringen la ley.


Arriba: escena final de La jungla de asfalto,
dirigida por John Huston en 195
Izquierda: cartel de Atraco perfecto, dirigida por
Stanley Kubrick en 1955.
Dos grandes películas de cine negro,
con atracos fallidos, caballos de carreras
y Sterling Hayden como protagonista.

Existe, por cierto, una tradición algo oscura en Hollywood a mezclar el mundo del hampa con el de las carreras de caballos, pero el colmo de este hábito lo representan dos célebres películas de los años 70. En El Golpe (George Roy Hill, 1973), Paul Newman y Robert Redford idean una delirante red de apuestas sustentada sobre carreras que no existen para estafar a un viejo rival. Si aquí el ingenio es algo burlesco, en El padrino II (Francis Ford Coppola, 1974) alcanza cotas demenciales. Coppola, que inmediatamente después se embarcaría en una ambiciosa película dedicada exclusivamente al horror (Apocalypse Now, 1979), filmaba en la segunda parte de la saga de los Corleone la escena más espeluzante de toda su filmografía: un productor de Hollywood, que no se había portado bien con un protegido de la famiglia, recibía como castigo al despertar del sueño la cabeza de Khartoum, su purasangre más querido, envuelta en sangre entre sus sábanas.

Más poética y delicada -pero curiosamente también producida por Coppola- es El corcel negro (Carroll Ballard, 1979). Un barco naufraga. Solo existen dos supervivientes: un niño y un caballo, ambos perdidos en una isla deshabitada. El purasangre, al principio, recela. Es arisco con los humanos, pues obviamente nunca lo han tratado bien. El niño, con un maravilloso y pausado repertorio de gestos y movimientos, le enseña a confiar en él. Cuando por fin son rescatados, caballo y jinete, ya convertidos en uña y carne, serán capaces de afrontar los mayores desafíos -con la inestimable ayuda, por cierto, de Mickey Rooney, que recuperaba su papel de horse trainer 35 años después de Fuego de juventud-. La historia puede parecer un moralista cuento de hadas, pero su sentido de la observación es magnífico. La carrera final, con el joven jockey enfundado en un traje medieval, desprecia todas las reglas de la verosimilitud… ¿Pero qué importa eso cuándo hablamos de la magia del cine?



Igual de vibrante es la carrera definitiva –esta sí, completamente real- de Aldaniti y Bob Champion en Reto al destino (John Irvin, 1984). Ambos ganaron el Grand National en 1981, pero antes sufrieron un verdadero calvario. A Champion le detectaron un cáncer; Aldaniti sufrió una lesión que parecía irreversible. Milagrosamente, ambos se recuperaron. Irvin elude la tentación del drama lacrimógeno y sirve, con la encomiable ayuda de sus actores, una película de emoción contenida, respetuosa con la historia y los personajes. Para John Hurt, que interpretaba al protagonista, Reto al destino “era –y sigue siendo- una celebración de la vida”.


Continuará...

Carlos Guiñales.

sábado, 23 de agosto de 2014

Rafael Rojano.

RAFAEL ROJANO: EN BUSCA DEL CABALLO PERFECTO.

Rafael Rojano suele acudir al hipódromo de la Zarzuela cada miércoles. Se sitúa a pie de pista y observa el galope de los caballos. No lleva cronómetro, tampoco hace tablas y jamás apuesta. Simplemente observa: sus prismáticos son como una lupa que escudriña cada detalle. Hace siete años creó la Agencia Stamina Turf y se lanzó a la captura del caballo perfecto.

PRIMERO, LA AFICIÓN.

Nació con un programa de carreras bajo el brazo. Sus padres iban al hipódromo cada domingo y con cuatro o cinco años ya les decía a cuáles debían apostar. Hyscotoa y La Casta fueron sus primeros caballos predilectos, aunque el primer golpe serio lo asestó a los trece años al pronosticar la gemela Monet-Campanil del insólito Gran Premio de Madrid de 1991 (¡qué tiempos: 23 caballos tomaron la salida!): “Me tocó vivir la época de rivalidad entre Alborada y Madrileña, aunque yo admiraba a Canaletto, de la cuadra Puerto Rico. Pero un día, cuando iba a disputar el Gran Premio de Madrid, recuerdo que llamaron a mi padre y le dijeron que el caballo se había lesionado. No tenía solución y fue sacrificado. Aquello me impactó muchísimo”.

A mediados de los años 90, su padre compró una yegua, Garúa, y los colores de Rojano debutaron en el hipódromo. Fue un desafío a la coyuntura, porque La Zarzuela se desmoronaba: “Después de treinta años de afición, decidió hacerse propietario. Garúa no llegó a ganar pero nos divertimos mucho. Compramos tres yeguas de Alborada y dos potros en Deauville. Pero La Zarzuela ya no existía. Tuvimos que irnos a San Sebastián y a Francia para poder correr”.

EL NACIMIENTO DE STAMINA.

Cuando las carreras regresaron a Madrid, hacía tiempo que Rafael había terminado sus estudios de empresariales y dirigía el servicio de atención al cliente de una compañía. La idea de crear una agencia especializada en turf surgió después de numerosas reuniones con Gonzalo de la Peña: “Él es veterinario y yo había viajado mucho por Europa, donde ese tipo de negocios son frecuentes. En teoría es una asesoría, pero en la práctica es mucho más. Hacemos gestiones de todo tipo, pero lo más bonito –y también lo más complejo- es aconsejar la compra de yearlings. Sobre todo porque la experiencia me ha demostrado que el yearling perfecto no existe. Los caballos solo pueden alcanzar la perfección cuando crecen y maduran”.

Rojano dirige ahora Stamina en solitario. En una mañana corriente, atiende varias llamadas de Francia, Inglaterra y España mientras revisa catálogos y actualiza su cuenta de twitter. Asegura vivir para el turf las 24 horas del día: “Ofrecemos trabajo, independencia y discreción. Aportamos un valor añadido cuando recomendamos la compra de un caballo”.

EN LA SUBASTA.

En la adquisición de un yearling confluyen la ciencia, el azar y la intuición. Comprar en una subasta –y cierta liturgia así parece recordarlo- no deja de ser un acto de fe. Rafael Rojano acude cada año a las más importantes de Europa: “El primer feeling se produce cuando el potro sale del box. Me gusta que se mueva con naturalidad. Luego hay que contar con la opinión del propietario o el preparador. Yo soy muy crítico. Exijo mucho a los papeles y al físico. Si tuviese que elegir, sería capaz de comprar un yearling de origen desconocido, pero nunca me atrevería a comprar un yearling sin verlo. El pedigrí es solo el punto de partida”.

Algunas adquisiciones le avalan. You or no One (Memorial de 2009), costó 21.000 euros en Arqana; Ayanz (Derby y Memorial de 2011) no llegó a 30.000 en Tattersalls: “Ambos estaban en la lista que nos habían dado los propietarios, pero en el caso de Ayanz teníamos un dilema: la parte superior era perfecta; la inferior, no tanto. Y además era hermano de Sarasate, que resultó ser muy delicado. El propietario decidió asumir el riesgo y salió bien. Es uno de los mejores caballos que he visto correr en España. Carecía de medios, pero era todo corazón y clase. Espero que tenga suerte en la yeguada”.

Ayanz ganó el Derby y el Memorial antes de lesionarse. Ahora ejerce como semental.


Otras compras son excepcionales. Ercolini (Valderas de 2010), por ejemplo, fue comprada por Stamina siendo un foal. “Era una enana, pero nos encantó cuando la vimos en el paddock de Goffs. Su propietario pagó solo 5.500 euros por la canija y al año siguiente la vendió por 26.000 en la subasta de Milagro,”. Pazifiksturm (Mijas  Cup, GP. de Casablanca y Copa de Oro de 2011) llegó a la cuadra Martul después de “un viaje muy divertido a Baden Baden en compañía de Fernando Martín y Ángel Ímaz, el padre de Ana. Queríamos ver otros hijos de Samum, pero Pazifik nos entró por los ojos y fuimos directos a por él”. A Fortun (Derby de 2012), en cambio, no lo quería nadie: “Lo compramos a dos años, todavía sin domar, por 7.500 euros. Era hermano de El Incendio, un gran caballo con malísima suerte, de quien hemos adquirido un propio hermano también para la cuadra La Toledana”.

SOBRE CLASICOS Y SEA THE STARS. 
Arkaitz, ganador de Poule, Nacional y Derby.
Imagen: Cortacabeza.wordpress.

Arkaitz, Ziga, Cántabro, Esquilero y Diego Valor son algunos de los tres años en cuya compra ha tomado parte: “Estoy muy orgulloso de ellos. Ziga es algo justa de físico pero tiene muy buen origen. El cruce de Arkaitz fue una recomendación personal; creo que si solo se remató en 15.000 euros fue porque el día de la subasta se presentó con un testículo subido y el rumor desanimó a posibles compradores. Diego Valor fue, sobre todo, una apuesta personal de Jesús Fernández Mur, que pagó por él 28.000 euros en Arqana en una subasta donde también compramos a Cántabro. El potro nos encantó y Javier Aznar, propietario de la cuadra Bering, hizo un gran esfuerzo para adquirirlo. Si es solo para correr en España, existe una línea razonable que no conviene cruzar. Soy el primero en aconsejar a un propietario cuando se debe abandonar una puja”.


El día previo a la última subasta de yearlings de 2013, en Tattersalls, Rafael Rojano y Javier Aznar se dieron “una auténtica panzada” al ver y examinar un total de 72 potros. El propietario de Bering acabaría comprando dos yearlings, hijos de Vale of York y Yeats. A Rojano le gustó mucho un hijo de Sea the Stars y Funkseker y llamó a Luis Sánchez Marco, de la cuadra Quinto Real, a quien la propuesta pareció sonarle a broma. El día de la subasta decidieron centrarse en objetivos más asequibles, al menos en teoría, pero no hubo suerte. Apareció entonces el hijo de Sea the Stars: “48.000 guineas a la una…a las dos…”. Rojano le hizo una foto y se la envío por el móvil a Sánchez Marco. “Uhm… Dale una puja”, contestó al otro lado del teléfono. Y no hubo más. “Adjudicado en 50.000 guineas a Stamina Turf”, anunció el subastador. Es el primer hijo del crack irlandés que llega a España.

Febrero de 2014 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales

jueves, 14 de agosto de 2014

Ocho a por el oro.

LA COPA DE ORO.

ABDEL. J.Crocqueveille. (+1)

Defiende la Copa ganada con autoridad el año pasado. Entonces le bastó con seguir la estela de su enemigo íntimo, Celtic Rock, para apuntillarlo en la recta final sin Kers ni DRS. Todo cambió en otoño, cuando el caballo de Fierro se convirtió en su bestia parda: no le dejó arrimarse en el Grupo III de Le Bouscat y le dominó en el combate final del año, ese premio Reapertura con aire a duelo de western. Después de aquello, Meydan, el trombo, las dudas… hasta su alucinante y casi fantasmagórica (re)aparición bajo las estrellas. Si Abdel, el purasangre más especial que he visto correr en España, vuelve a ganar el viernes la Copa de Oro y el próximo lunes (el Gobierno Vasco) vuleve a correr y a ganar, entonces será un caballo de leyenda y el Duque podrá decir que ha estado a la altura de otra leyenda: su padre.

BRINDOS. V.Janacek. (-4)

Se habla mucho y bien del hijo de Singspiel. Cuatro victorias –la más espectacular, sin duda, la última- sobre cinco participaciones en un trazado tan peculiar como el de Lasarte. La cuadra está pletórica, pero tanto Janacek como Arizcorreta necesitan una gran victoria. Brindos ha escalado peldaño a peldaño para llegar hasta aquí, corre en su pista predilecta y lo hace en el momento preciso. Pero el último escalón, el que conduce a la cima, es siempre el más difícil. Si es caballo de Gran Premio, el viernes lo dirá.

CELTIC ROCK. J.L. Martínez. (+2)

Frente a la magia de Abdel, Celtic Rock transmite profesionalidad. Suele hacer lo que piden: ni un esfuerzo de más, pero ni uno de menos. Funciona como un reloj suizo, hasta el punto de que se ha especializado en una distancia muy concreta: dos kilómetros -hectómetro arriba, hectómetro abajo-. A partir de ahí, sufre –por eso el Gran Premio de Madrid, que se corre por encima de 2’30”, será siempre una carrera vetada para él-. Celtic es, por otro lado, un caballo ideal para Martínez. Ambos interpretan a la perfección la tranquila carrera en punta.

FORTUN. B.Fayos (-2)

Se ha empeñado en quitarse la etiqueta de patito feo (de yearling nadie lo quiso: fue vendido en 8.000 euros en trato directo). Ganó el Derby contra pronóstico; después desapareció, casi lo enterramos y, cuando regresó, fue segundo del sideral Gran Premio de Madrid de Friné. Conoce la carrera –fue cuarto en 2012- y es un batallador nato, aunque puede ser de los principales damnificados si el terreno se encuentra demasiado blando. La condición de outsider, una vez más, nadie se la va a poder quitar.

NARROW HILL. R.C. Montenegro. (+2)

Dos victorias en el Defi du Galop (la última, hace apenas tres semanas) y valor 48.5 en Francia (frente a los 48 de Celtic y los 47.5 de Abdel) parecen avales suficientes para considerarlo favorito en una carrera con clara vocación internacional. Montenegro lo conoce bien y tiene pinta de ser uno de esos rocosos caballos alemanes que se adaptan con facilidad a diferentes pistas y distancias (como su paisano Blues Wave, que no hace mucho y con un valor muy inferior se coló en el podio de todo un Gran Premio de Madrid). Diplomado en listed, todavía no ha logrado licenciarse en Grupo III, lo que le sitúa en la graduación un peldaño por debajo de Celtic Rock y a la misma altura que Abdel.

SANT’ALBERTO. F. Spanu. (0)

Prototipo de caballo incansable. Dos segundos y dos terceros en el Defi du Galop 2014. Está será para él la undécima carrera del año y la 49ª de su vida. Otro dato: ha disputado 17 listed y no ha ganado ninguno. Según parece, puede disputarle la punta a Celtic Rock, algo que no debería incomodar al caballo de Martínez. Esta es su distancia y desde hace tres años corre casi siempre en el mismo valor, que aquí puede bastarle para sumar una colocación y superar los 300.000 euros en ganancias.

SUSPIRÓN. T. Henderson. (-4)

Si el factor pista fuese determinante, los dos caballos de Arizcorreta harían gemela. Suspirón ha ganado las cinco carreras que ha disputado en Lasarte: su imagen apareciendo por el exterior a mitad de recta para acabar imponiéndose ya se ha convertido en clásica. Imagino que esa será de nuevo la táctica: dormir en la cola del grupo y esperar al final para tratar de cazar una plaza remunerada. Nunca ha corrido 2400 metros y jamás se ha enfrentado a tantos rivales tan buenos.

ZAMAAM. F.X. Bertras. (-1)

Entrenado por el reputado François Rohaut, Zamaam es propiedad de Hamdan al Maktoum, príncipe heredero de Dubai y uno de los grandes mecenas del turf mundial. De modo que su presencia es un pequeño acontecimiento para la carrera donostiarra. El caballo ha ganado solo una de las seis carreras que ha disputado este año -y no fue demasiado relevante- pero tiene un origen destacado y a sus cuatro años aún tiene tiempo para progresar. Si algo lamento es que ningún tres años se haya atrevido a participar en esta Copa de Oro.


Pronóstico: ABDEL-CELTIC ROCK-NARROW HILL

Carlos Guiñales

martes, 5 de agosto de 2014

Mauricio Delcher

MAURICIO DELCHER. MAESTRO DE MAESTROS.

Mauricio Delcher ha pasado las navidades con su familia en Chantilly, una pequeña ciudad situada al norte de Francia, famosa por la crema batida y las carreras de caballos.  Allí se afincó hace casi un año su hijo Mauri. Y allí fue donde él mismo forjó su carrera como jockey, antes de seguir la ruta trazada –de Francia a España- por su paisano Claudio Carudel. De eso hace ya más de medio siglo.



MAISSONS-LAFFITTE, CHANTILLY Y LA ZARZUELA.

Aunque dejó de entrenar hace algo más de dos años, Mauricio acude con frecuencia a La Zarzuela –nunca falla, de hecho, si corre algún caballo de sus hijos- y sigue pendiente de la actualidad del turf. Se retiró sencillamente porque, a los 75 años, consideró que “ya era hora de jubilarse”, pero los caballos siguen formando parte de su vida y, sobre todo, de su memoria. Tenía 13 años cuando montó por primera vez: “Un tío mío era muy aficionado a las carreras y siempre me decía lo mismo: con lo chiquitito que eres, tú has nacido para ser jockey. Me presentó a un entrenador en Maissons Laffitte y empecé a trabajar. Ser aprendiz era casi una esclavitud. Nos utilizaban para todo y no nos pagaban nada. Me levantaba a las cuatro de la madrugada y era el último en irme de la cuadra. Luego me fui a Chantilly, donde había carreras casi todo el año”.

En Chantilly se convirtió en jockey, pero fue en Madrid donde encontró la felicidad: “Vine en 1960. Gané el Diputación con Faldrú. Me enamoré, me casé y me quedé en España”. Y así, del mismo modo que Claude Carudel se convirtió en Claudio, Maurice Delcher sería conocido a partir de entonces como Mauricio: “Carudel era el número uno. Era muy difícil pelear con él. Un recuerdo memorable es cuando le batí en el Derby con Fenicio, un caballo de Blasco, después de luchar toda la recta contra él”. Fue en el Villapadierna de 1964. Carudel montaba a Todo Azul y ambos jockeys emocionaron al público asistente aquel día en el hipódromo: galoparon –según la reseña qué publicó el diario ABC- en las dos últimas posiciones durante toda la carrera, marcándose de cerca, y solo aparecieron en la recta final, ambos por el exterior, para jugarse la victoria. Fenicio ganó por solo medio cuerpo.

Viendo algunas grabaciones de la época llama la atención cómo ha cambiado el estilo de montar, pero sobre todo la forma de abordar las carreras. Delcher y Carudel fueron, sin duda, dos de los artífices de ese cambio: “Antes consistía en salir delante, a palos, y hasta donde llegabas… llegabas. Ahora se monta mucho mejor, con más tranquilidad. Se ha aprendido mucho de Francia.

Su carrera como jockey se truncó, siendo todavía muy joven, por culpa de un accidente de tráfico. Se fracturó el fémur, tuvo que pasar por el quirófano, pero la pierna nunca se recuperó de todo: “Durante algunos años seguí montando para la Yeguada Militar, pero no estaba bien. Antonio Blasco me regaló una yegua, Estampa, y empecé a entrenar”.

En el hipódromo de La Zarzuela, en una imagen de 1976. Foto: Diaz Portas. Corta Cabeza Wordpress.


DE PRINCIPIANTE A DECANO.

Desde su debut con Estampa en 1965 hasta su despedida con Festeiro en la Copa de Oro de 2011 han pasado 46 años, cientos de caballos y miles de carreras imposibles de condensar en una breve charla. Hacer inventario de victorias, cuando se han ganado tantos grandes premios es casi imposible, pero los primeros nombres que le vienen a la memoria son los de Geisha, ganadora del Memorial Duque del Toledo de 1973; y El Campillo, vencedor del Derby de 1976. Ambos defendían la chaquetilla azul de Nicholas Biddle, un nortemaricano afincado en España, inmenso aficionado a las carreras: “Tuve mucha suerte de poder trabajar con él durante muchos años. Fue un gran propietario”.

Cuando recuerda sus triunfos, Mauricio siempre menciona los nombres de los propietarios -no solo por agradecimiento, sino porque sabe muy bien que el turf no existiría sin ellos-. Para la cuadra Machín, por ejemplo, ganó el Gran Premio de Madrid con Villa d’Este, y la Copa de Oro con El CriCri, uno de los ejemplares más díscolos que han pasado por sus manos: “Hay caballos que luchan contra ti, son muy buenos pero no se entregan. El CriCri era uno de ellos. Tiraba muchísimo. Había que administrarlo en los entrenamientos y planificar muy bien las carreras”.  Pero existe un caballo del que todavía hoy se siente orgulloso. Se trata de Soudzou, un velocista inolvidable: “Era muy rápido; intenté que fuese detrás, pero no había manera. Al final decidimos que era mejor dejar que galopase a su gusto; y fue un acierto, porque ganó ocho carreras seguidas. Era de la cuadra Sabodia. Siempre lo montaba mi hijo Christian”.

Tenía cerca de 60 años cuando el hipódromo de La Zarzuela –que durante casi media vida había sido su casa- cerró. En lugar de retirarse, Mauricio Delcher hizo las maletas y se marchó a San Sebastián, donde aún tuvo tiempo de forjar a Okawango, doble ganador del Gobierno Vasco: “En Lasarte nos echaron una buena mano. Les estoy muy agradecido. Si no llega a ser por ellos, no sé qué habría sido de las carreras en España, pero el hipódromo de La Zarzuela sigue siendo especial. Es una belleza”.

Por eso regresó, ya como decano de los preparadores en activo en nuestro país, y durante varios años continuó ensillando ganadores -Newango, Mariscal, Festeiro- hasta sumar más 800 victorias. Solo Francisco Cadenas y Jesús Méndez le superan en el ranking histórico de triunfos.

Mauricio Délcher ha transmitido a sus hijos la pasión por los caballos. Foto: Amigos del Moyate.


SOBRE CHRISTIAN Y MAURI.

Christian y Mauri Delcher parecen empeñados en superar su legado. Paradójicamente, Mauri ha cubierto el mismo itinerario que hizo su padre, pero a la inversa: de Aravaca a Chantilly. Y Christian se ha establecido en Pau, buscando nuevas oportunidades, nuevos retos, en la primera división del turf: “Les echo de menos, me ha afectado bastante, pero estoy muy orgulloso de ellos. Se han ido por las circunstancias. Mauri no quería marcharse, pero aquí no había suficientes caballos y propietarios y ha tenido que buscar refugio en Francia”.

Los dos han heredado de su padre una cualidad que Mauricio sitúa por encima de todas: “Aman al caballo. Para dedicarte a esto tienes que amar al caballo. No es un oficio de señoritos. Tienes que estar con él todo el año dentro del box y tener un conocimiento completo de su anatomía, saber su distancia y su valor”.


Mauricio espera la llegada de la temporada de primavera, ya solo como un aficionado más. Y espera poder vibrar, de nuevo, con las victorias de los caballos viajeros de Christian y Mauri Delcher.

Enero de 2014 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales