viernes, 8 de marzo de 2019

Conchita Mínguez

Conchita Mínguez, la pionera

Conchita Mínguez entregó el domingo el premio que llevaba su nombre a los responsables de Abrantes, justo reconocimiento del hipódromo de La Zarzuela para una de las grandes pioneras del turf español, primero como jocketta y después como preparadora, siempre como mujer valiente capaz de derribar barreras en el muy masculinizado turf del pasado siglo XX.

AMAZONA Y JOCKETTA

Su afición por los caballos fue precoz. Con solo 9 años su padre la envió a estudiar a Inglaterra y allí aprendió a montar ponis. De los ponis saltó a los caballos de concurso y de estos a los de carreras: “Fue un veterinario quien, al verme tan pequeñita, me aconsejó venir al hipódromo. No tendría más de14 años y me sentí impactada al notar cómo me subía la adrenalina montando a tanta velocidad. Decidí que era el sitio donde quería estar”.

Eran los años 70, los de Transición, y Conchita tuvo que ganarse “ese sitio” a base de esfuerzo y determinación. No fue sencillo para una adolescente defender sus derechos en un mundo de tradición masculina: “En aquella época las mujeres solo podían participar en cuatro carreras de amazonas que había al año, y eso si eras mayor de edad. No nos permitían ser jockeys profesionales. Tuve que ir a la Sociedad de Fomento con la recién aprobada Constitución Española del 78 en la mano para que cambiasen el código de carreras y nos dejasen montar junto a los hombres. Y así, poco a poco, fui haciéndome un hueco. Como todavía estaba estudiando, venía al hipódromo muy temprano para montar en galopes y luego iba a clase. Estuve con Luis Saugar y después con Ángel Penna, el preparador de la cuadra Mendoza. Montaba a grandísimos caballos como El País, El Señor, Favallu y Jeanina, que era un fenómeno y siempre ganaba en mano. Yo los montaba en galopes, porque en carreras los jockeys de la cuadra eran Román Martín, Ceferino Carrasco y Tolo Gelabert.

Si la tristemente desaparecida Pilar Gómez fue la primera mujer que se convirtió en jocketta profesional, Conchita Mínguez fue la primera que derrotó a los profesionales montando todavía como amazona. Lo hizo en 1983 a lomos de Gyptaj: “Les gané de punta a punta. Fue una carrera que no olvidaré. También significó mucho para mí una recta final en la que me colé entre Carudel y Román, que venían luchando por la victoria, y les gané por un morro. Solo era un hándicap y ni siquiera recuerdo el nombre del caballo que montaba, pero los dos me felicitaron y me hizo mucha ilusión. Era fundamental para mí saber que me respetaban. Siempre tuve el cariño de los demás jockeys y, aunque alguna “putadilla” me hacían de vez en cuando, mis colegas me trataron bastante bien”


Conchita, que había terminado la carrera de Sociología, decidió implicarse a fondo en el turf y dio el salto al profesionalismo: “Había domingos en los montaba a varios caballos. Tenía bastante sentido del paso y mucha serenidad con ellos, los estudiaba bien antes de montarlos. No tenía tanta fuerza como otros jockeys pero hacía bastante gimnasio y tenía pulmón. Lo conseguí todo a base de trabajo. Fue la época del boom del turf y me invitaban a programas de televisión. Llegué a formar parte del jurado de un Festival de Eurovisión.  Había 1.100 caballos en el hipódromo y ni siquiera había sitio para todos. Algunos, de hecho, tenían que estabularse en el Club de Campo. También creo, y no quiero ofender a nadie, que eran mejores que los de ahora”.


AGENTE Y PREPARADORA

Aunque todavía era joven y seguía montando en carreras, Conchita Mínguez decidió explorar otros senderos del turf poco transitados en aquella época, menos aún por una mujer. Se hizo agente y después entrenadora: “Me asocié a la British Horse Association y acudía frecuentemente a las subastas internacionales en una época en la que no era tan habitual que los entrenadores españoles lo hiciesen. Iba a Inglaterra, Irlanda, Francia y Alemania y compraba caballos para mucha gente. Aprendí muchísimo en las subastas de foals, observando su morfología, fijándome en los detalles y pequeños defectos, e imaginando cómo serían esos potros al convertirse en futuros caballos de carreras. Ese mundo me fascinaba, pero de eso solo no podía vivir. Así que también me hice preparadora. Había una gran competencia y algunos colegas decían “dónde va ésta”, pero eso me hacía más fuerte todavía. Y los propietarios -salvo uno, que se llevó los caballos cuando me quedé embarazada- siempre me respetaron. Di el paso porque me estaba haciendo mayor y las fuerzas para seguir montando no eran las mismas, pero también porque era un trabajo que me gustaba”.

Y ganó con Matraco el Gobierno Vasco de 1988, una carrera distinguida con el rango de Grupo III: “Era muy bruto, se ponía de manos y hacía todas las bestialidades posibles de camino a la pista. Todos los jockeys le tenían miedo. En el fondo, era como Ninisky y otros grandes campeones que había visto en Inglaterra. Auténticas fieras. En la arena no te demostraba nada, pero pisaba el verde y se convertía en un fenómeno. Ese día le tocó montarlo a Francisco Jiménez A, el tío de Borja Fayos, y lo único que le dije fue: “Tú, tranquilo”. La pista estaba embarrada y ganó de calle. Creo que le sacó 18 cuerpos de ventaja a Cañal, montado por Alberto Carrasco. Después tuvimos que retirarlo porque tenía problemas de corazón. Fue una verdadera lástima”.

Como preparadora, entrenó también a la velo cista Melody Singer, que ganó el Blasco de 1991, a sus 2 años y montada por Mariano Hernández, pero a la que ella misma pudo montar en el Gobierno Vasco del año siguiente en una carrera que ya historia de nuestro turf pues allí estaban, entre otros, Lester Piggott, Willie Carson, Richard Hills y Walter Swimburn: “Yo siempre tenía muchísima fe en ella. La había comprado personalmente en Inglaterra y era pura velocidad. Haber podido montar junto a los mejores jockeys del mundo es de lo que más orgullosa me siento”. El ganador fue Primer Amor, montado por Carson, pero Conchita terminó cuarta con su adorada Melody, justo por delante de Piggott.



LA MUJER EN EL TURF, HOY

Charlamos mientras vemos cómo Vale, preparado por Michela Augelli, gana la segunda carrera del día: “Me alegro siempre que gana una mujer, pero sigo pensando que todavía hay pocas profesionales en el turf español. Me gustaría que hubiese más. Creo que las mujeres somos más pacientes y aportamos un cariño extra que nace de nuestra propia naturaleza. Es una especie de cualidad extra que podemos aportar a los caballos”.

Se mantiene firme, sin embargo, en el debate abierto que propone un descargo de peso para las jocoteas: “Aunque se enfaden conmigo, no me parece bien que las mujeres descarguen. Hemos luchado durante muchos años para que las mujeres sean respetadas y creo que descargar kilos solo por el hecho de ser mujer  supone rebajarse y es algo que me indignaría”.

Conchita Mínguez ha sido casi todo en el mundo del turf: amazona, jocketta, agente, preparadora e incluso propietaria. Hoy día continúa siendo una grandísima aficionada, aunque reconoce que asiste poco a las carreras: “No vengo mucho al hipódromo porque me trae demasiadas emociones y prefiero ver las carreras en casa, donde estoy más tranquila. También he tenido muchos problemas con mis huesos debido precisamente a montar durante tantos años en esa posición tan peculiar que tenemos los jockeys”. Y concluye: “Es que este es un mundo muy sacrificado... pero a mí me lo ha dado todo”.

Abril de 2018 (publicado en A Galopar) 

Carlos Guiñales

lunes, 18 de febrero de 2019

Fernando Pérez

Fernando Pérez, antes y después de Sir Andrew

Fernando Pérez llevaba cuarenta años de plena dedicación al turf cuando un potro “que parecía un burro” llegó a su cuadra. El potro, llamado Sir Andrew, acabó convirtiéndose en uno de los mejores caballos de carreras jamás entrenados en España y cambió la vida de Fernando… al menos por un tiempo. El killo vuelve a ser hoy un preparador humilde con solo 7 caballos en sus boxes y la esperanza de encontrar algún día a un nuevo Sir Andrew.



ANTES DE SIR ANDREW

Fernando Pérez pasó 22 años en Canarias, donde se casó y tuvo dos hijas isleñas, Patricia y Laura, pero le gusta recordar que es sevillano y bético, nacido en la barriada Elcano, a solo cinco minutos del hipódromo de Pineda, y que fue allí donde el killo enamoró del turf: “De pequeño me escapaba de casa para ir Pineda a ver las carreras. Y en verano iba con mis padres a Sanlúcar y veíamos las carreras en la playa. Me gustaban tanto los caballos que con 16 años -corría 1976- me vine a Madrid yo solo y entré en la cuadra de Ceferino Carrasco Ñolo. Recuerdo que todo era trabajo, trabajo y más trabajo y que echaba de menos a la familia y a mis amigos. Debuté como aprendiz el mismo día que José Carlos Fernández y llegué a montar en unas 120 carreras. Nunca pude ganar pero conseguí bastantes colocaciones. También estuve con Jesús Méndez y su hijo, donde teníamos caballos de Mendoza, los hermanos Agulló y Dos Hermanas. Había muchos caballos en el hipódromo y fue una etapa muy bonita, pero me tenía que sacrificar mucho para montar, sufrí un par de malas caídas y le cogí algo de miedo”:

El killo pasó 7 años en La Zarzuela, regresó a Sevilla y poco después -año 1983- emprendió su larga aventura en las Islas Canarias: “Vi que muchos caballos iban a correr allí y decidí embarcarme. Recuerdo que el viaje por mar duró tres días y fuimos con 20 caballos en el barco. En Gran Canaria corríamos en pequeñas pistas de 500 metros con purasangres y algunos cruzados. Al principio decía que nunca montaría en asfalto, pero luego le fui cogiendo el gusto. Los caballos llevaban herraduras especiales para que no sintiesen el terreno duro. En Canarias gané como jockey 3 carreras oficiales y unas 500 no oficiales y allí coincidí con Cristóbal Medina, Paquito Jiménez, Marino Moreno, Antonio Sánchez y muchos otros. En 1999 se inauguró el hipódromo de Santa Lucía, un proyecto muy ilusionante, pero faltó apoyo político y no llegó a consolidarse. Andrés Ramos Covarrubias, que luchó mucho por ese hipódromo, terminó cansándose y, cuando regresó a la península, yo también lo hice”.

Su amigo Andrés se quedó en Madrid. El killo se fue a Lasarte. Sí, un sevillano en el norte. Y con Román Martín: “Le conocía desde que era jockey y me había batido en un par de llegadas. Recuerdo que le decía a Andrés: no me voy a ir con Román, que sé lo desaborío que es y tiene un carácter que no va conmigo, que soy un tío alegre. Pero al final estuve 6 años con él y fue una etapa maravillosa. Román conocía muy bien el turf francés y me enseñó mucho. Disfruté con caballos muy buenos como King of Cry, Flying Blue, Valiant Wings, Xapoteco o Tunduru. Ganamos la estadística en San Sebastián y en Francia ganamos en listed y nos colocamos en carreras de Grupo”.

SIR ANDREW

Fue Andrés Ramos Covarrubias quien le animó a sacarse la licencia de preparador, aunque ya lo había sido en Canarias: “Andrés era como un hermano para mí. Me confió a Revolaina y a Rolandino, y ganamos con ambos. Y después a Flying Blue, que ganó grandes carreras. Más tarde empezaron a llegarme caballos de otras cuadras, Como Negrete, que hizo una gran campaña a pesar de los problemas que arrastraba, y Turrialba, que venía de Mijas y era un caballo espectacular”.

Con pocos caballos en sus boxes, el killo obtenía buenos resultados pero no podía competir con las grandes cuadras. Un día la Angel Jordán le confió un potro que había sido criado por Covarrubias, en cuyo honor había sido bautizado como Sir Andrew: “Era hijo de Polan y High Zaff. A Polan lo conocía bien. Sin los problemas que tuvo en la doma, habría ganado algún Grupo. Tenía fatal una rodilla y aun así fue capaz de ganar en listed. Solo tuvo dos hijos porque, después de fallecer Andrés, la persona que se quedó con él lo castró por el carácter que tenía, aunque se le advirtió que no lo hiciese. El propio Andrés nos había dicho, antes de morir, que Sir Andrew sería muy bueno por su origen y lo bien hecho que estaba”.

Lo que Fernando Pérez no imaginaba es que acabaría siéndolo tanto: “De potro lo montaba yo y al principio pensaba que era el burro de la cuadra, pero con los trabajos empezó a despertar y me di cuenta de su potencial. En el box era un cabrito, pero era duro como él solo, nunca tuvo el más mínimo problema. Cuando debutó en Lasarte, solo le dije a José Luis Martínez, que no lo había montado nunca: ten cuidado al salir de cajones, que se tira a morder al de al lado porque no quiere que lo pasen. Sabía que si doblaba bien la curva debía ganar y lo hizo en un cánter. Los propietarios no querían correr reclamares en Francia y fuimos directos al Critérium de Burdeos, donde quedamos a un cuello de una yegua de Al Maktoum que había costado 500.000. Su primera victoria en Francia llegó en Toulouse. Le dije a José Luis que le dejase correr sin tirar de él porque eso no le gusta y batió al favorito sin tocarlo. Después lo llevamos a París a correr el Djebel, un Grupo III donde quedó tercero a cuerpo y medio del ganador de la Poule francesa. En la Poule lo matriculamos con un poco de miedo, Peslier me decía que estábamos locos. Pero corrió y acabó quinto, aunque con un mejor recorrido podía haber estado entre los tres primeros. Fuimos al Jean Prat, otro Grupo I, donde José Luis no lo pudo montar y elegimos a Ioritz Mendizábal. También tuvo mala suerte en el recorrido, pero el rush final fue espectacular y acabó tercero”.

Las ofertas por Sir Andrew empezaron a sumar muchos ceros. Fernando Pérez tenía asumido que, antes o después, tendría que desprenderse del caballo: “Ya después de la Poule hubo ofertas tentadoras. Convencí al propietario para que esperase porque estaba seguro de que se iba a revalorizar aun más, pero llegó una oferta 800.000 y el propietario aceptó. Lo entendí: un golpe, un cólico o una lesión y te has quedado sin caballo. El día que Sir Andrew se fue lloró toda la familia, pero después hemos seguido todas sus carreras con ilusión. El caballo se fue muy entero a Hong Kong, donde ha ganado tres millones de euros, incluyendo dos grupos I y ha sido 2º y 3º de la Hong Kong Mile. Esto quiere decir que hicimos bien las cosas”.




DESPUÉS DE SIR ANDREW

La venta de Sir Andrew dejó a Ferando Pérez con solo 4 caballos en sus boxes, pero su prestigio como entrenador había crecido y pronto llegaron más ejemplares, sobre todo de Alisares y Jayjo: Garmar, por el que nadie daba un duro, ha ganado 50.000 euros. Desde el primer día le dije al propietario que sería muy divertido en blando y nos ha dado la razón. Fue una etapa buena, llegué a tener cerca de 20 caballos y 4 mozos trabajando en la cuadra, pero después de un año muy bueno llegó uno malo. Tuvimos la mala suerte de que muchos caballos eran buenos en pista blanda y el año pasado no llovió nada, además uno de los potros tuvo una mala experiencia en los cajones y la relación con el propietario -del que sigo siendo amigo- empezó a ir peor profesionalmente y al final decidió apostar por otro entrenador”.

Al final de la pasada temporada, el killo se quedó solo con tres caballos, Dansila, La Herrería y London Calling. Ha pasado un invierno duro intentado rearmarse: Ha llegado Alejandría, una yegua que tuvo una lesión de cadera y necesita tiempo, pero estoy muy esperanzado con ella. Dansila tuvo una grave lesión, estuvimos un año recuperándola y la cuadra Arco ha tenido mucha paciencia. Fue una gran alegría verla ganar de nuevo este invierno. También tengo a Quantic Blue, un 2 años hijo de Flying Blue y cuya madre es hermana de Sir Andrew. Peñalara (Caradak y Little Messi) es una potra de doma con la que estoy muy ilusionado. En Constantina (Mr Sidney y Cuittled) tengo puesta mucha fe. Arminio corrió recientemente para que vaya clasificándose en carreras. Y North Sentinel es un 3 años que me llegó de la cuadra Altamira y creo que será muy divertido”.

En todos ellos busca Fernando Pérez algún detalle que le recuerde a Sir Andrew. Como él mismo dice: “Ahora toca levantarse y seguir”.

Marzo de 2018 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales
















miércoles, 27 de diciembre de 2017

Lotfi Echrraa



Lotfi Echrraa: la aventura

Hace varias semanas se produjo en el cuarto de jockeys del hipódromo de La Zarzuela un gesto que ensalza este deporte. Después de ganar con Tremendista la primera carrera de su vida, Lotfi Echrraa fue recibido por sus compañeros y rivales en la pista con un sonoro aplauso mientras Vaclav Janácek le rociaba de cava. Un reconocimiento merecido para un muchacho que a los 14 años cruzó el estrecho de Gibraltar con un lejano sueño metido en la cabeza: convertirse en jinete profesional.

SIN PAPELES

Lotfi mide 1’56 metros y pesa 48 kilos. Aunque ha cumplido 29 años, sigue pareciendo un niño. Aquel niño que en 2002 dejó su casa en Tánger para emprender una aventura incierta: “Un día me colé en Ferry que hacía la travesía hasta Algeciras. Como era un niño nadie se dio cuenta. Así entre en la península. No lo hice por necesidad sino por curiosidad. Quería conocer mundo. En mi casa se enfadaron mucho porque yo era el hijo mayor y al principio no lo entendieron. Me llevaron a un centro de acogida de menores de Madrid donde nos daban la oportunidad de estudiar oficios y yo elegí uno de cuidador de caballos. Me han gustado desde que tengo uso de razón. En Tánger solía montar caballos de pura raza árabe.”

De allí paso a un centro hípico en Galapagar, su primer trabajo de aprendiz, y después estuvo en otro de León donde había caballos de carreras. Convertirse en jockey era su meta y un día se acercó al hipódromo de La Zarzuela: “Quería entrar en la escuela de aprendices que llevaba Florentino González pero, como no tenía papeles, no me dejaron. Así que estuve un tiempo aprendiendo en otros sitio y cuando conseguí los papeles volví, pero la escuela ya había desaparecido. Estuve dando vueltas por la cuadras hasta que en una encontré a un señor que me dijo: vente el lunes, muy temprano, y te hacemos una prueba. Se llamaba Ovidio Rodríguez”.

Con Ovidio y su hijo Jorge descubrió que en el hipódromo se empieza a trabajar antes de la salida del Sol: “Aprendí a montar caballos de carreras gracias a ellos y a un caballo llamado Sergei. Los que había montado hasta entonces no tenían nada que ver con los del hipódromo, que tiraban y tiraban y no había manera de hacerse con ellos. Cada día me enseñaban algo nuevo, pero sobre todo a ponerle ganas y entusiasmo en cada cosa que hacía. Jeremy Crocquevielle, el jockey de la cuadra, era mi modelo a seguir. Era increíble como dominaba a los caballos que tiraban y yo trataba de copiarle. Aquella fue mi verdadera escuela de aprendices”.

EL DEBUT

Lotfi ya había echado raíces en España. Con un contrato de trabajo, viajaba a Marruecos de vacaciones siempre que podía y después regresaba. Tras dos años con la familia Rodríguez, recaló en la preparación de José Carlos Fernández: “Era un tío de los pies a la cabeza. Estaba pendiente de todo y al mismo tiempo te daba mucha confianza. Yo le llamaba el jefe y para mi será siempre el jefe. Recuerdo que montaba a Celtic Rock y, al bajarme, el jefe siempre me decía: niño, siempre podrás poner en tu currículum que has montado a este caballo. Creo que es el mejor que he montado nunca”.

Continuó sumando experiencias montando en galopes para Paquito Rodríguez y después trabajando para Michaela Augelli, que le dio la oportunidad de debutar en carreras: “Fue en Madrid con Cudón. Yo estaba un poco nervioso porque era mi debut y además el caballo era difícil en la salida, pero los chicos de los cajones me ayudaron mucho y pudimos salir bien. El caballo reaparecía y no tenía ninguna presión. La pena es que después se lesionó”.

LA VICTORIA

Un año y medio después de debutar, Echrraa logró su primera victoria con el mencionado Tremendista en el hipódromo de La Zarzuela: “Quiero darle las gracias a Mario Julio Pérez. En el paddock solo me dijeron que disfrutase y, si podía rascar algo, fenomenal. Como el caballo tira bastante y encontró pista libre, nos pusimos en punta. Entré en la recta en mano y hasta los últimos 300 metros no le lancé. La carrera fue un regalo del caballo. Lo que no me esperaba fue el recibimiento a lo grande que me hicieron en el cuarto de jockeys. Es un orgullo tener estos compañeros. Se alegraron mucho por mí y me emocioné de verdad. Mi familia pudo ver la carrera desde Marruecos a través de internet y al terminar había una avalancha de mensajes en mi móvil”.

 
Con Tremendista, el día de su victoria. Imagen: UMA
Janácek y Jaime Gelabert fueron especialmente efusivos. No en vano son dos de sus habituales compañeros en la preparación de Guillermo Arizkorreta, su actual centro de trabajo: “Sé que estoy con el número uno y además me apoya mucho. Cuando monto en carreras, siempre viene a decirme algo para corregirme y ayudarme a mejorar. De los caballos de la cuadra mi favorita en Queenwithy, que ganó la preparatoria del Oaks. Es muy chiquitita pero muy buena de carácter. Galopa más a base de corazón que de fuerza. La llamo Trève porque me recuerda mucho a ella. Antes me gustaba mucho Merón, pero lo ha comprado la cuadra Río Cubas y ahora mi ojito derecho es Doctor Oscar, que ganó en Sevilla. Me alegro muchísimo cuando un caballo al que he montando durante la semana gana el domingo con otro jockey de la cuadra. Todavía no he montado en carreras para Guillermo, pero espero que algún día me dé la oportunidad”.

Echrraa ha montado en 17 carreras. En siete de ellas lo ha hecho sobre la discretísima Figueiras. Apenas puede beneficiarse de su peso pluma porque, a diferencia de jinetes aficionados y aprendices, no puede beneficiarse de ningún descargo: “Es una pena, me gustaría montar cada semana y tener mejores oportunidades. Muchas veces monto a caballos sin posibilidades, pero siempre lo hago con la misma fe. Todavía tengo que mejorar. A veces me cuesta mantener la calma en los recorridos. No me gusta ir más atrás del centro del grupo y me caliento si veo que en la curva se me escapan los de delante. Prefiero ir cerca de la lucha, aunque siempre acato lo que me dicen los preparadores. Como jockeys, admiro a Peslier. También a Janacek por su mentalidad, a Fayos por su fuerza y a Martínez por su sangre fría”.

De Marruecos echa de menos la comida, el ambiente en las calles y, por supuesto, a su familia, pero es feliz viviendo en Aravaca, cerca del hipódromo: “En Marruecos hay mucha afición al turf y cada vez hay más hipódromos y carreras. Todavía no he montado allí y me gustaría hacerlo algún día, pero mi futuro está en España. Es aquí donde quiero triunfar como jockey”.

 Junio de 2017 Publicado en "A Galopar"

Carlos Guiñales

martes, 12 de septiembre de 2017

Abraham García

LA GRAN VICTORIA


Hablar de turf con Abraham García, el chef de Viridiana, requiere hacerlo con la mente muy abierta. De una anécdota vivida en el Derby de Kentucky salta a un relato de Borges, de una receta culinaria emigra al hipódromo de Chantilly, de un encuentro en Madrid con Lester Piggott regresa al lugar donde empezó todo: la España rural de los años cincuenta, un paisaje en blanco y negro donde a veces emergía la poderosa figura de un jinete a caballo.

LA YEGUA DEL MOLINERO Y LESTER PIGGOTT


Abraham nació en 1950 en Robledillo, un pueblo de los Montes de Toledo. Su bisabuela era gitana y él mismo se considera gitano: "Mis ancestros debieron ser tratantes de caballos y otros cuadrúpedos de menor linaje. En aquella época y aunque vivíamos en la indigencia, mi abuelo poseía una yegua prodigiosa; organizábamos carreritas entre los chavales y siempre vencían los hijos de los molineros, centauros que habían nacido a lomos de las bestias entre sacos de harina. Como sólo corríamos dos o de tres, me aseguraba el colocado”.

De adolescente, ya en Madrid, descubrió el hipódromo de La Zarzuela. Un amor a primera vista: "Fui con algunos cocineros del hotel donde trabajaba y me quedé fascinado por el ambiente, el brío y la elegancia de los purasangres. De vez en cuando nos colaban algunas carreras de cruzados, insulsos pencos a los que habría batido mi yegua. ¡Qué no habría dado yo por ser jockey! aunque sólo fuera para recibir el viento en la cara al despertar con el tambor de los cascos. Fue duro asumir que mis arrobas eran más apropiadas para un picador”.

Desde la tribuna norte vio ganar a algunos de sus caballos favoritos -Terborch, Rheffissimo- y a otros menos célebres como el Rosales Sansón, “que me dejó huella por su esfuerzo y honestidad". Eran, por supuesto, los años de Román y Carudel: "Claudio era la sutileza a caballo, un aristócrata de la fusta; y Román, el vigor y la fuerza, el jinete del pueblo; siento que al de Los Navalmorales nunca se le hayan reconocido los mismos méritos. Y luego estaba José Antonio Borrego, la estética a caballo; un jinete alado al que aún recuerdo viniendo en tromba por el exterior con el rematador My Mourne".

Abraham habla con añoranza, pero también con mucha ironía, de personajes como “el Platanito, famoso por sus pancartas y por colarse en todas partes"; y de las visitas a Madrid de Lester Piggott y Bill Shoemaker: "Cuando vino Shoemaker, yo narraba la carrera para Telemadrid. Contra todo pronóstico, el americano venció de punta a punta con un caballo imposible y yo tuve la sensación de haber asistido al más bello de los tongos. A Piggott le recuerdo en el paddock, recibiendo las directrices del preparador Manolo García. A tan largo soliloquio asistía impasible Alfonso Sánchez, el añorado crítico cinematográfico. Cuando mi paisano Alfonso subió a la tribuna, le pregunté qué le había dicho Manolo ¡durante más de diez minutos!, y éste, con su peculiarísima voz nasal, masculló: lo de siempre, procura que no te encierren y te vas a ganar en cuanto puedas”.

DE VIAJE POR EL MUNDO

Abraham ha viajado por los hipódromos de medio mundo. El turf es para él una válvula de escape: "Quemo mi vida en la olla exprés de mi cocina, pero cuando llego al hipódromo destapo la válvula, rejuvenezco, respiro, me expando. Él de La Zarzuela es mi favorito -está a un tranco del centro, presume de una recta selectiva y una hermosura de tribunas- pero lamento que en los hipódromos, sin excepción, se coma fatal. ¡Aunque hay tantos alicientes! El otro día, paseando por la pelousse de Chantilly, encontré tres variedades de setas: senderuelas, champiñones silvestres y el gótico flamígero de la Coprinus comatus, mi favorita. Tuve que reprimirme para no cargar con ellas y premiarme con el mejor de los risottos”.

Otras anécdotas explican su inmensa afición. Hace muchos años, en una época en la cual viajar no era tan fácil, se enteró de que Royal Gait, el fabuloso stayer de Pereira, disputaba un Grupo III en Italia: "Cogí un avión hasta Roma, donde alquilé un coche y me fui conduciendo hasta Nápoles bajo la lluvia para ver cómo quedaba tercero. En otra ocasión, en Kentucky, cayó el diluvio sobre la pista donde competía un hermano de Habitancum, a quien gustaba el barro más que a mí el bourbon. Recuerdo que le jugué con todos, en gemela y trío, y me pagaron una fortuna".

En alguien que ha presenciado en directo tantos Arcos, Derbys y Breeder's, llaman la atención ciertas confesiones: "Disfruto tanto viendo un Grupo I como con una carrera de venta. No concibo un domingo sin carreras y sin apuestas. Paso de los pronósticos de otros y de soplos de última hora. Me gusta ver a los caballos desde el ensilladero y me trabajo el paddock. Ya, con la cabeza enharinada, me siento preparado para equivocarme yo solito".



MIRANDO AL FUTURO.

Sobre la situación actual del turf en España se expresa con contundencia: "A LAE las carreras le importan un rábano. La quíntuple, a la deriva, viene naufragando durante décadas. Y ni yo ni ningún aficionado concibe que aún no se hayan encontrado acuerdos para que las apuestas estén en la calle”.

En el paddock de La Zarzuela, por cierto, es fácil verle conversar con su amigo Fernando Savater "A quien debemos –afirma- El juego de los caballos, el más hermoso, inspirado y lúcido libro sobre el turf” y a los propietarios españoles los alaba sin dudar: "Antes nos colocábamos en un Listed y parecía que habíamos abierto el paraíso. Ahora ya competimos con éxito en carreras de Grupo. Éste esperanzador e inmenso salto se lo debemos al altruismo de muchos propietarios. Jamás hubo en España tantos caballos de tan laureado origen como ahora".

Él mismo, hace unos años, fue propietario de un caballo llamado Catorce de Abril: "Amén de gitano, soy republicano; de ahí los colores rojo, amarillo y morado de mi chaquetilla. Catorce no era hijo de Galileo sino más bien un penco que no batió ni a su sombra, pero sospecho que cuando quitaron del programa la Copa de su Majestad el Rey fue para no correr el riesgo de tener que entregármela".

La conversación transita en el tiempo: de Abdel a Partipral, de Vichisky a Friné, de Carudel a Janácek, su actual jockey de cabecera: "Me recuerda mucho a Claudio por su proverbial sentido del paso: cuando coge la punta, es temible". Pero su último recuerdo es para las personas que nos han dejado en los últimos tiempos: "Nieves Gómez, que era una mujer valiente y entrañable; Roberto López y José Carlos Fernández, niños crecidos de perenne sonrisa; y especialmente dolorosa fue la despedida de mi amigo Pablo Font, una persona excepcional. Todo el hospital le adoraba”.


Y la última confesión: “Con Pablo compartí algunas sesiones de quimioterapia. A mí también me ha perseguido la muerte, pero voy tan desbocado por la vida que la he sacado de paso". Después de muchas colocaciones, Abraham García siente que, por fin, ha conseguido la gran victoria.

Octubre de 2014 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales