jueves, 31 de marzo de 2016

Joaquín Martínez

Joaquín Martínez: el regreso

Joaquín Martínez compró a Tafadhali hace cinco años, empezó a entrenarla hace dos y desde ahora también la montará en carreras. A sus 58 años, conserva intacta la ilusión de un aprendiz en busca de su primera oportunidad y parece dispuesto a desafiar el paso del tiempo: su última carrera como jockey tuvo lugar hace la friolera 24 años.

EL APRENDIZ REBELDE

Joaquín es el hermano menor de Diego Martínez, el primero de la familia que hizo el viaje desde Sevilla a Madrid para triunfar como jockey y la persona que le animó a seguir sus pasos. Tenía 14 años cuando Manolo García, preparador de la vieja escuela, le subió por primera vez a un caballo: “Recuerdo la ilusión de llegar a mi casa y decirle a mi madre que no me había caído. Poco tiempo después ya estaba montando en carreras. Mi primera victoria, en una de aprendices, fue con Danzarinea, pero más alegría me hizo ganar con Arriu en Lasarte. Era un caballo muy rápido y nos pusimos en cabeza de salida; en la recta se nos echaron encima Carudel -que siempre fue mi ídolo- con un caballo de Rosales, y Román Martín, con uno de Mendoza. Hubo foto entre los tres y al final me dieron ganador. Solo tenía 16 años”.

Como aprendiz montaba a 50 kilos cuando sus colegas podían hacerlo a 40. La báscula empezaba a ser un problema, al tiempo que su carácter le granjeaba fama de conflictivo: “En los años 70 había en el hipódromo 1200 caballos y grandes cuadras, pero las condiciones laborales eran tremendas, no teníamos días libres y a los aprendices nos trataban como a esclavos. Creamos un sindicato para conseguir mejoras y nos pusimos en huelga, la primera que hubo en el hipódromo. No duró mucho porque los empleados de Mendoza, que eran los mejor pagados, la reventaron a los pocos días. Yo era el representante de los aprendices; y los preparadores, que eran los empresarios contra los que protestábamos, tomaron nota de aquello. A partir de ahí no tuve muchas oportunidades. Y eso que algunos decían que arreaba mejor que mi hermano Diego, que conseguía muchas victorias pero era más duro con los caballos. Llegué a ganar carreras por una cabeza sin llegar a usar el látigo”.



FANTOMAS, ROBERTIYA, HÉGIRA.

Como jockey calcula que logró unas 90 victorias; 15 fueron de vallas y 2 de Steeple-Chase. Buscó en las carreras de obstáculos las oportunidades que no encontraba en el liso: “El peso me estaba matando y me fui con Juan Campos, que me enseñó al saltar. Al primer intento, con El Poeta, salí volando por encima del caballo, pero insistí y me acabó gustando. Disfrutaba mucho de aquellas carreras porque tenías más tiempo para pensar, aunque las de Steeple eran muy peligrosas”. También en aquella época, a mediados de los 80, ganó con Fantomas, de la cuadra Dial y preparado por Paco García, el Gran Premio de Sanlúcar, una de sus victorias más recordadas: “Se me daban bien hipódromos como El Saler, en Valencia, o las playas de Sanlúcar; y Fantomas tenía un corazón muy grande, ya se había ido de un tendón y no podía entrenar en la arena. Había que llevarlo al mar y hacer que nadase. Aquel gran premio fue su última carrera”. 


Sus últimos años como jockey los vivió a las órdenes de dos preparadores argentinos, Adrián Boccardo y Enrique Bedouret, de quien afirma que estaba obsesionado con el cronómetro: “Muchos caballos de la cuadra Alborada se quedaron en las pistas de entrenamiento, pero al menos nos quedó Robertiya. De potra era muy difícil y Bedouret me dijo que tenía que encargarme de ella. Era buenísima y acabó ganando grandes carreras”. Martínez recuerda especialmente su última victoria para los colores azules con una yegua llamada Bruselas en un hándicap con 20 participantes disputado en Madrid en 1990, pero su despedida como ganador tuvo lugar en febrero de 1992 con el humilde Lucas en Pineda. A finales de aquel mismo año colgó la fusta, aunque no abandonó al turf: “Me hice con dos caballos. Hégira, que tenía un origen muy pobre y estaba casi desahuciada. Los veterinarios me dijeron que no llegaría a correr, pero la domé, vi que su problema era de ovarios, lo resolvimos y acabó ganando siete carreras. Con El Bonifa gané tres. Miguel Alonso lo había utilizado como sparring en su cuadra y pensé que era mejor no galoparlo para que llegase fresquito a las carreras. Aunque me ocupaba de ellos, nunca llegué a figurar como entrenador. Estaba a punto de sacarme la licencia cuando llegó el cierre del hipódromo y mis planes se truncaron. Encontré trabajo en el Club Puerta de Hierro, en tareas de mantenimiento. Fueron los peores años de mi vida”.

VOLVER A EMPEZAR

El reloj se puso de nuevo a cero en el otoñó de 2005. Joaquín empezó a frecuentar las cuadras, contactó con Yan Durepeyre, que se había instalado en Madrid, y volvió a subirse a caballo por las mañanas. Junto a un par de amigos, compró un modesto ejemplar llamado Do You Dance y, gracias a él, recordó lo que significaba ganar una carrera por pequeña que fuese. Ya en solitario, fundó la cuadra Lajorquín (bautizada así en honor a sus hijos: Laura, Jorge y Joaquín) y compró a Popurri, que no llegó a ganar pero le animó a continuar la aventura. Poco después adquirió a Tafadhali por 3000 euros: “Me gustaba mucho. Conocía a su abuela, Salaam, que había sido un gran yegua de la cuadra Alborada. Debutó con mis colores ganando en Madrid, con Jesús López como preparador. Después discrepamos: yo quería correr el Benítez de Lugo y él no. Al final me impuse, disputó la carrera y quedó cuarta, pero me tuve que llevar a la yegua de su cuadra y fue entonces cuando decidí sacarme la licencia de entrenador”.


Aquello fue en 2013. Tafadhali tiene ahora 8 años y ha disputado 62 carreras, de las que ha ganado seis: “Ha tenido muchísimos problemas, ha sido operada de garganta dos veces, un día casi se mata en el box; pero jamás he conocido un caballo tan duro y al que le guste tanto galopar. Si un domingo corre, al lunes siguiente está más contenta. Cada día vengo temprano al hipódromo y paso con ella toda la mañana. Me siento el tío más feliz galopándola en la pista o paseando por el monte. Un día, estando solos en el box, me pasó algo por la cabeza y dije: ¿Por qué no montarla también en carreras?. Empecé a ponerme en forma y perdí siete kilos. Es lo que más ilusión me hace. Ahora puedo montarla a 59 o 60 kilos. Ojalá caiga en la segunda parte del hándicap y pueda ser por fin este domingo”, afirma, casi implorando, el jinete que después de 24 años sin vestirse de jockey ha decidido no posponer su regreso ni un día más.

Marzo de 2016 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales

sábado, 19 de marzo de 2016

Eduardo Fierro


Eduardo Fierro: pequeñas cuadras, grandes caballos


Imagen: blogs.diariovasco.com
Tanto la cuadra Edif, creada por Eduardo Fierro a mediados de los años 70, como la cuadra Habit, ideada por su mujer y sus hijos a raíz de la reapertura de La Zarzuela, han tenido siempre pocos caballos pero la mayoría han sido de una calidad indudable. Los éxitos de Bariloche, Habit, Lusitana, Fado, Ivory Land y Celtic Rock podrían hacer pensar que es un propietario con suerte, pero detrás de ese ramillete de campeones, existe una poderosa razón a la que nuestro protagonista invoca con frecuencia: “Paciencia. Con los caballos hay que ser como el Santo Job”.

HABIT, BARILOCHE Y EL SOLDADO

Su padre, Arturo Fierro, ya fue un excelente propietario. Sus caballos Hypocrate y Zorba ganaron respectivamente el Derby y el Nacional de 1970 y disputaron el accidentado Gran Premio de Madrid de aquel año: Zorba cayó en la curva e Hypocrate, que venía justo detrás, perdió sus opciones. Lo peor fue que ambos acabaron lesionados. Mi padre abandonó el turf poco después porque, después de hacer muchas gestiones para sacar adelante la apuesta exterior, los responsables de Fomento no quisieron aprobarla y acabó tan harto que un día me dijo: te regalo la cuadra. Yo solo tenía 21 años, me asocié con la familia Bergareche y creamos la cuadra Fiberg; después estuve un tiempo trabajando en Venezuela y, cuando regresé, fundé la cuadra Edif”.

En 1981, Bariloche logró la primera gran victoria para sus colores, el premio Cimera: Agustín García quería que lo montase John Reid pero yo no estaba muy de acuerdo. Un día me llama y me dice: he hablado con el general y todo está resuelto, lo va a montar un soldado, se va poner en cabeza y nadie se va a atrever a pasarle porque es militar”. Aquel soldado era en realidad un aprendiz llamado José Carlos Fernández que cumplía el servicio militar e interpretó el guion a la perfección. Bariloche, cosa rara en él, tomó la punta y llegó hasta el final. Fue el inicio de la relación profesional entre ambos hombres y el de una amistad que duró más de 30 años: “Fueron años gloriosos. Habit y Bariloche eran los dos mejores milleros del hipódromo. Uno siempre corría delante y el otro detrás, controlando a los rivales para venir sobre ellos y hacer gemela. A Habit lo montaba siempre José Carlos, pero Carudel quería ganar el Gobierno Vasco con Bariloche y, en privado, le di permiso. En la recta Habit venía dominando, José Carlos no se lo podía creer cuando su compañero le atacó al final para quitarle el triunfo. Era la persona más educada, honrada y profesional que he conocido en el hipódromo, nunca le oí hablar mal de nadie pero, al ver pasar a Claudio, soltó un taco y tardó unos días en perdonármelo”. Con el tiempo, Habit demostró ser algo más que un millero, ganó grandes premios sobre dos curvas y se despidió del turf venciendo en el Blasco solo una semana después de disputar el Memorial.

DE LUSITANA A IVORY LAND

Lusitana fue la siguiente gran obra de Fierro y del preparador Agustín García, una excelente corredora y magnífica reproductora, madre de Puertollano y Fado: “Con Puertollano debutó y ganó como aprendiz Ioritz Mendizábal. Tenía mucha clase pero de foal su madre cayó sobre él y le destrozó la espalda. Se lo advertimos a John Reid cuando vino a montarlo en el Cimera y, después de ganar la carrera, nos reconoció que habría sido un fuera de serie de no haber estado lisiado”. Los principales éxitos de Fado (ganador de listed, colocado de Grupo III) llegaron en Francia porque el hipódromo de La Zarzuela cerró en 1996. Fierro era entonces presidente de la Sociedad de Fomento: “Me presenté a las elecciones para tratar de evitar el cierre. Sarasola estaba bajando cada vez más los premios y presentó un programa de carreras que la mayoría de los socios votó en contra. Yo era partidario de aprobarlo porque no hacerlo era ponerle en bandeja el cierre del hipódromo, y eso supuso la debacle total y absoluta”.

Los caballos de la cuadra Edif se repartieron entre Francia y España, pero tardó en aparecer un nuevo campeón, Ivory Land: “No había cumplido dos años y Román Martín ya me decía que era un caballo para correr en Francia, que no había otro igual en la cuadra, y acertó de pleno. Acabó ganando Grupo II, Grupo III y cinco Listed. Tenía un carácter buenísimo, sabía respirar en carrera y por eso hacía tanta distancia. Ahora está como semental en Milagro aunque apenas se ha estrenado”.

CELTIC ROCK Y EL SANTO JOB

Eduardo Fierro compró a Celtic Rock en Deauville para la cuadra Habit: “Les dije a mi mujer y a mis hijos que administrasen ellos la cuadra y eligieron a José Carlos como preparador, pero puedo decir con orgullo que a Celtic lo elegí yo. Con los caballos me pasa lo mismo que con las personas, me fijo sobre todo en los ojos y, en la mirada de Celtic, vi algo especial. Se convirtió en el mimado de la cuadra, mordía a todo el mundo pero transmitía clase, se notaba que era un líder y fuimos pacientes con él. A 3 años lo corrimos fuera de distancia y llegaba a la recta asfixiado. Comenzamos a trabajarlo en dos curvas y vimos que se crecía. Disfrutamos una barbaridad en Sevilla. Ganar en Dos Hermanas, con la alegría que se viven allí las carreras, no se me olvidará en la vida. El Reapertura, aquel reto con Abdel, fue una carrera magistral, casi suicida. Y ganar el Gran Premio de Burdeos fue algo maravilloso. José Carlos se sorprendía de que nadie le felicitase, pero es que a los franceses les sentó fatal la derrota. A José Luis Martínez solo le pedíamos que no lo tocase con la fusta porque no le gustaba y lo único que hacía era enseñársela. Y a Soumillon, cuando lo montó en Francia, le dio las instrucciones mi mujer: una cosa le quiero decir, Monsier Soumillon, no le dé un solo palo, ¿entendido? Acto seguido, Soumillon le entregó la fusta a mi mujer y se subió al caballo. Tuve que ir corriendo a devolvérsela –recuerda entre risas- por si acaso, pero no llegó a utilizarla. Celtic Nunca ha recibido un palo”.

Celtic Rock, con José Luis Martínez en Lasarte. Imagen: blogs.diariovasco.com

Esa misma paciencia que tan bien funcionó entonces se utiliza ahora con Portobelo, la nueva esperanza de la cuadra: “Tiene un gran físico pero en el hipódromo se comporta como un niño, solo piensa en ligar. Esta semana disputará su última carrera del año. Estamos bajándole poco a poco de distancia porque pensamos que es mejor en 1600 metros, pero es muy atrasado. Los caballos de su familia dan su mejor valor a cinco años. Con Fernando Pérez tenemos un dos años, hijo de Peintre Celebre, que no ha debutado porque es demasiado comilón, y hemos comprado dos yearlings que ya están con Ana Imaz y Carlos Fernández”.

Aunque ha vuelto a La Zarzuela, el que no volverá a correr es Celtic Rock: “Los caballos como Celtic, Abdel o Fortun luchan hasta reventar y llega un momento en que no se les puede pedir más. Podríamos probarle con brincas pero a un caballo que me ha dado tanto solo le debo afecto y agradecimiento. Puede que vaya como semental a Torreduero pero, de momento, está en los boxes de Fernando Pérez. No se lo llevé a Carlos Fernández por motivos sentimentales, pero el otro día me contó José Luis Martínez que salieron juntos a pasear por el monte y, de pronto, Celtic se detuvo, se giró y fijó su mirada hacía el lugar donde estaba la cuadra de José Carlos Fernández…”. Era la misma mirada, sin duda, que una vez llamó la atención de Eduardo Fierro en aquella subasta de Deauville.

Octubre de 2015 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales