miércoles, 24 de septiembre de 2014

Jacinto Santos. Rosa de Lima.

JACINTO SANTOS: LA AFICIÓN, LO PRIMERO.

Casi cuatro décadas separan la victoria de Turín en el Premio Héctor Licudi, disputado en La Zarzuela en 1972, del de Aka Bay en una carrera celebrada en Pau en 2008. Ambos caballos defendieron los colores de la cuadra Rosa de Lima, cuyo propietario es Jacinto Santos, uno de los mayores aficionados a las carreras de caballos que existe en España. La chaquetilla roja con lunares blancos permanece ahora guardada en un armario, esperando que el viento sople a favor del turf para vestirla de nuevo.

HISTORIA DE UNA CUADRA.

Jacinto Santos comenzó a frecuentar el hipódromo a mediados de los años 60, pero fueron los duelos que en 1967 mantuvieron dos enemigos íntimos, Maspalomas y La Scandalossa, –Ferial se sumaba en algunas ocasiones- los que terminaron por apuntalar su afición: “Se hablaba mucho de caballos; no solo el domingo, sino todos los días de las semana. Íbamos de cola en cola para recoger las listas de pesos, participantes y el programa definitivo en Fernanflor, la Puerta del Sol y el hotel Mindanao. Los sábados siempre teníamos poule”.

Convertirse en propietario fue solo un paso más: “Uno de mis amigos era, a su vez, amigo de la Duquesa de Valencia. Le compré dos caballos, Turín -que ganó la primera carrera de amazonas que se disputó en España- y Ánsar; La cuadra Aragón nos vendió a Pamour y empezamos a criar con ella. Resultó ser una excelente reproductora”. En efecto, del cruce con su admirado Maspalomas nació Yuppi Du, y del emparejamiento con Todo Azul surgió Melody, dos de los caballos que más alegrías le dieron. En sus tiempos de bonanza, la cuadra Rosa de Lima –cuyo nombre, por cierto, hace referencia a la Santa Patrona de la capital del Perú- llegó a tener doce caballos: “Uno de los mejores fue El Brujo. Se lo compré a Ramón Mendoza, con quién tenía una buena amistad. Llegó a correr el Gran Premio de Madrid en 1987. Con Milord corrimos la Copa de Oro en 1986. Paulino García, que fue su jockey aquel día, me confesó mucho después que podía haber ganado la carrera de no haberse cebado en punta con Hunting Star. Vino a pedirme disculpas y todo”.

Melody Singer logró posiblemente la victoria más importante de la cuadra al imponerse, con solo dos años, en el Premio Blasco de 1991. El vídeo de la carrera –cortesía, una vez más, de Príncipe Duero y Fylo- muestra cómo Melody Singer, conducida por Mariano Hernández, apareció como un misil en los últimos doscientos metros para arrebatarle la victoria a Don´t Leave Me y Fon Ruler en un electrizante final: “Me hizo mucha ilusión, pero vi la carrera muy tranquilo. Cuando llevas tanto tiempo viendo correr a tus caballos, ya no te pones nervioso. Además, Conchita Mínguez, su preparadora, me había dicho que con ese peso no podía perder”.

Melody Singer, ganadora del Antonio Blasco para la cuadra Rosa de Lima.


Hacer inventario de nombres cuando se han disputado tantas carreras es tarea imposible, pero Jacinto hace memoria y menciona ciertas preferencias: “Entre los caballos, recuerdo mucho a Bolshoi Kosack, que era vallista, negro y poderoso; Solid Phase, que batió a Pentágona después de disputar tres carreras en una sola semana; o Atlético, que ganó el Gran Premio de Biarritz; Entre los jockeys, siempre he tenido especial cariño por Tolo Gelabert, pero Medina, Ceferino Carrasco, Mariano Hernández y Mongelluzzo también han montado mucho para mí. La lista de preparadores es igual de larga: Luis Maroto, Jesús Méndez, Gualberto Pérez, Mauricio Délcher, Julio César Martínez, Claudio Carudel… Y, entre los hipódromos, me gustaba mucho correr en Lasarte, donde nos han tratado siempre de maravilla”.

MÁS ALLÁ DE LA AFICIÓN.

Con su familia, después de recibir un trofeo.
Si tuviese que escribir una biografía de su propia vida, las carreras de caballos ocuparían una parte esencial. Pero, tal como les sucede a otros aficionados veteranos, las carreras trascienden lo personal para convertirse en algo más que un hobby: “Cuando nuestros hijos eran pequeños los traíamos. Era una manera de convivir con ellos los fines de semana. Siempre he oído decir que el hipódromo es clasista, pero quienes dicen eso no lo conocen. Es el sitio más apolítico que he conocido en mi vida”.

Además de gran cinéfilo, Jacinto Santos es productor cinematográfico. El hipódromo le ha servido para ampliar su círculo de amigos y colaboradores. Con uno de ellos, Fernando Savater, ha filmado Lugares con Genio (2011), una serie documental a caballo entre el viaje y la literatura. Y en el propio recinto madrileño ha rodado escenas de algunas de sus películas, tales como La zorra y el Escorpión (1983), La avispita Ruinasa (1983) y un peculiar Otelo (1982) con Tony Curtis como protagonista. “No tenían nada que ver con el turf, pero cualquier excusa es buena para rodar en el hipódromo. Es un escenario fantástico”.

Uno de los tesoros que mejor guarda es su colección de películas de temática hípica, lo que sirve para recordarnos el excelente material que ha proporcionado el universo del turf a la historia del cine, tanto cuando ha adaptado hechos reales -Reto al destino (1984), Seabiscuit, más allá de la leyenda (2003), Secretariat (2010)- como cuando ha servido para ambientar magníficas ficciones –Saratoga (1937), Atraco Perfecto (1976), El corcel negro (1979)-, por citar solo algunos de los títulos más relevantes.

Ahora, como todos los buenos aficionados, se siente preocupado por la situación que atraviesa el turf en España: “La apuesta exterior no llega y a los grandes hipódromos cada vez acude menos gente porque las apuestas se hacen en internet. Lo que pediría es un poco más de cariño por parte de los hipódromos hacia los propietarios y profesionales que llevamos 40 años contribuyendo a que haya carreras en España”.


Jacinto, que fue miembro de la Sociedad de Fomento hace muchos años, lamenta también su situación actual: “Me da mucha pena, pero la Sociedad ya había entrado en estado vegetativo en 1992, cuando el contrato que había con Patrimonio Nacional paso a manos del hipódromo de la Zarzuela. Espero que ahora las cosas mejoren. Me gusta hacer tablas y apostar. Pero no descarto volver a tener caballos algún día, aunque el simple hecho de poder venir a las carreras cada domingo es para mí un motivo de alegría”.

febrero de 2014 (publicado en A Galopar).

Carlos Guiñales

martes, 16 de septiembre de 2014

Cine y carreras de caballos. (III).

El cine y las carreras de caballos (III).


(Dedicado a la memoria de José Carlos Fernández R.)

La tercera entrega de esta serie está dedicada, como prometí, a tres películas que narran la historia real de tres caballos de carreras que fueron mucho más que simples campeones. Si algo tienen en común Seabiscuit, Secretariat y Ruffian es -sobre todo en el caso de los dos primeros- que alcanzaron una popularidad que trascendió al mundo del turf y ha perdurado desde entonces. 

Seabiscuit se convirtió, en la América que renacía de las cenizas de la Gran Depresión, en ese ídolo nacional cuyas hazañas ayudaron a levantar la moral de millones de personas. Secretariat, vencedor de la Triple Corona en los años 70, es considerado, al menos entre los norteamericanos, el Caballo del Siglo (y lo escribo con mayúsculas), pero también representa la encarnación de un sueño: el de su propietaria, Penny Tweedy, una advenediza al mundo de las carreras que desafió a casi todos para fabricar la obra perfecta. Aunque participa de ese mismo sueño, la historia de Ruffian, la potra que jamás conoció la derrota, esconde su amargo reverso: de origen humilde, asciende en la jerarquía del turf hasta la cima, pero cuando está a punto de posarse sobre ella cae en una trampa del destino. Épica y tragedia confluyen con demasiada frecuencia en la vida de los caballos de carreras, convertidos -como algunos héroes de la mitalogía griega- en ídolos que desconocen su propia dimensión, en marionetas de unos dioses (humanos) que parecen jugar con ellos al albur.

EL CABALLO DEL PUEBLO.

Seabiscuit, más allá de la leyenda (Gary Ross, 2003) es una historia de vidas paralelas, de personas que, de una manera u otra, han fracasado en la vida y encuentran en un caballo de carreras un nuevo horizonte hacia el que dirigir su mirada. Un constructor de automóviles que ha perdido a su hijo (Jeff Bridges), un joven boxeador acostumbrado a la derrota (Tobey McGuire) y un vaquero errante y solitario, consciente de su anacronismo (Chris Cooper), descubren esa nueva esperanza, la posibilidad de una segunda oportunidad: el New Deal roosveltiano encarnado en la figura de un caballo de carreras que les hará recuperar parte de la ilusión perdida. Cuando Bridges convierte las naves donde guarda sus fastuosos coches en establos para caballos, sabemos que su vida ya no será la misma; cuando la mirada de Cooper se cruza por primera vez con la de Seabiscuit, comprendemos que ha decidido seguir luchando por aquello en lo que cree: "No se tira una vida por la borda solo porque esté un poco magullada", le confiesa a Bridges en una conversación junto el fuego. Se refiere a un caballo herido, sí, pero habla sobre todo de ellos mismos.

Seabiscuit comparte la misma naturaleza. Es un potro de carácter arisco, empleado en su cuadra como sparring; siempre le han enseñado a perder. La película sigue su ascensión peldaño a peldaño, victoria tras victoria, al tiempo que el pueblo norteamericano se vuelve consciente del significado de cada triunfo. El ritmo pasimonioso de la primera parte adquiere vigor a partir del segundo tercio. Hay una simultaneidad entre la crónica de cada carrera y la crónica de esa América provinciana que emerge de la Depresión. Ficción y documento histórico galopan al unísoso. Los ciudadanos deciden que Seabiscuit es su nuevo héroe, pero la radio y la prensa tienen mucho que ver con su elección.

Imagen de la película Seabiscuit, más allá de la leyenda (2004).


Antes citaba la épica, el mito, la leyenda. Por si había dudas, el título español de la película (basada en el libro de Laura Hillenbrand, Seabiscuit, an american legend) incide en ello. El duelo entre Seabiscuit y War Admiral, celebrado el 1 de noviembre de 1938 en el hipódromo de Pimlico, fue real, pero -igual que ha sucedido con otros grandes duelos deportivos celebrados a lo largo de la historia- ha terminado alcanzando una dimensión más propia de la leyenda que de los hechos. Cuando los dos mejores contendientes se enfrentan en un duelo semejante, ambos tienden a representar valores antagónicos (Anquetil-Poulidor, Muhammed Alí-Joe Frazier, Evert-Navratilova, Senna-Prost) que dividen al público entre uno y otro: la neutralidad nunca es posible en tales batallas. En el caso de Seabiscuit y War Admiral, la historia invoca al mito de David y Goliat: el humilde caballo del Oeste frente al poderoso equino del mecenas de Este. El sombrero de ala ancha frente al bombín. La pobreza frente a la riqueza. De manera indisimulada, el hipódromo se convierte en el escenario de la lucha de clases. De ahí la insólita trascendencia de aquel histórico duelo al galope.



Como reconstrucción de una época, la película es espléndida. Solo las secuencias de las carreras -salvo el citado enfrentamiento con War Admiral, rodado con fidelidad, pues aún se conservan las imágenes reales que se filmaron el día de la carrera- adolecen de cierta falta de verosimilitud. Cámaras situadas en todos los ángulos posibles, con infinidad de travellings, planos cenitales y un montaje sincopado no hacen más que aturdir al espectador. Pero eso es algo habitual en el cine de Hollywood. Si toca escena de acción, importa bien poco que se trate de un tiroteo, una persecución o una carrera de caballos: siempre reina la confusión. Es en los momentos de distensión cuando Seabiscuit crece en altura, como en esa escena -patética y, sin embargo, entrañable- que muestra el reencuentro entre el caballo y su jockey: ambos están convalecientes, con la misma extremidad escayolada, pero de sus miradas se deduce que volverán a galopar juntos para vencer de nuevo a la adversidad. Seabiscuit, más allá de la leyenda es, por encima de todo, una película de rebosante optimismo. Radiante y pletórica.

EL CABALLO DEL SIGLO.

Secretariat (Randall Wallace, 2010) cuenta la historia de uno de los más grandes caballos de carreras de todos los tiempos. En 1973 conquistó la Triple Corona, estableciendo nuevos records en las tres carreras: el Derby de Kentucky, el Preakness y el Belmont Stakes (que venció por una distancia ¡de 31 cuerpos! sobre el segundo clasificado). En una lista elaborada por el canal deportivo de televisión ESPN ocupa el puesto 35 entre los mejores deportistas norteamericanos del siglo XX, por delante de Pete Sampras, Rocky Marziano y Bob Beamon (no hace falta decir que es el primer no humano de la lista). Hasta ahí los datos, sin duda deslumbrantes.

Porque la película -decía- cuenta su historia, pero cuenta todavía más la historia de su propietaria, Penny Tweedy (Diane Ladd), un personaje extraordinario en un mundo tan profesionalizado como el turf norteamericano. La primera secuencia es muy explícita, quizás demasiado: presenta a Penny en su casa de Denver, preparando la cena para su marido y sus tres hijos, siguiendo el ritual clásico de la esposa y madre ejemplar. Por si algún espectador no se ha enterado, el marido lo aclara: "Yo soy profesor; y tú, ama de casa". Cuando esa noche suena el teléfono para anunciarle la muerte de su madre, adivinamos que su destino va a cambiar.

La película describe esencialmente cómo esa mujer, de apariencia frágil, pasa a dirigir con mano de hierro una pequeña cuadra. Cuando decide hacerse cargo de los caballos de la familia, toma decisiones sin pestañear: deja atrás a su familia, despide al entrenador de toda la vida y estudia a conciencia los libros genealógicos hasta el punto de que es ella quién decide cruzar a su yegua Somethingroyal con Bold Ruler, hasta entonces padre solo de grandes velocistas. Intuición más determinación: ambas parecen ser las armas de la protagonista. El recuerdo perenne de su padre -el verdadero amante de los caballos antes de perder la memoria- parece guiar desde la sombra cada paso que da la protagonista. Contrata a un entrenador estrafalario y con mal genio, pero que sabe muy bien lo que hace (John Malkovich) y a un jockey enérgico y algo marrullero (Otto Thorwarth) para conseguir sus propósitos. Sacrifica su matrimonio -y también la relación con sus hijos- solo por los caballos. Exactamente solo por un caballo: Secretariat.

La auténtica Penny Tweedy con Secretariat
Imagen: prweb.com

El marco histórico no es tan importante como en Seabiscuit, pero la película recrea con cierto gusto la América de principios de los 70, con referencias a la Guerra del Vietnam y a la crisis económica. Además contiene detalles muy hermosos, como el instante en que Secretariat, recién salido del útero materno, se pone en pie por primera vez, gesto que sorprende, por su agilidad, a ese sabio entrenador que creía haberlo visto todo en el mundo de los caballos. Pero es en las escenas de acción donde la película pierde crédito. Cuando Secretariat salta a la pista, nos ponemos en modo videojuego. En plena carrera, los jockeys se pelean entre sí, pero cuando llegan a la recta final tiran de las riendas y jamás usan el látigo (imagino que para no herir sensibilidades en una película Disney tolerada para menores). Secretariat pasa siempre de último a primero como por arte de magia. La carrera mejor filmada de la película es el Preakness: Wallace sitúa la cámara en el salón donde la familia de Penny se ha reunido para verla por televisión y la victoria del caballo parece anunciar la reconciliación, aunque sea desde la distancia. Hay más emoción en esa escena que en el Belmont, la última pata de la Triple Corona, la gran apoteosis, una exhibición jamás vista en una carrera de caballos. Las imágenes, sin embargo, no alcanzan la altura de la atónita y alborozada narración del speaker de la prueba.

En el fondo, Secretariat no es exactamente la biografía de un caballo, por muy Caballo del Siglo que sea; sino una traslación algo forzada del Sueño Americano (en su versión ama de casa de los años 70) al mundo del turf.



EL DESAFÍO.

Ruffian (Yves Simoneau, 2007) es una película hecha para la televisión por el canal ESPN, pero he decidido incluirla en esta serie por su extraordinaria calidad y por la memorable historia de narra. 

La acción se inicia en Camden (Carlolina del Sur), un día el otoño de 1973. El entrenador Frank Whiteley (Sam Sheperd) se levanta de la cama antes de la aparición de los primeros rayos de sol. Ya en las cuadras, él mismo se ocupa de preparar el pienso de los animales y de revisar personalmente cada caballo: a un mozo le indica, por ejemplo, que uno de ellos tiene un problema bucal; otro le recuerda que los nuevos yearlings están a punto de llegar procedentes de la yeguada. Sin ningún énfasis, la película nos describe el trabajo rutinario de un día cualquiera en una cuadra de caballos de carreras. El aroma de autenticidad que recorre esos primeros planos nos acompañará hasta el final. 

Ruffian es la crónica de la vida de un caballo de carreras desde que llega al hipódromo hasta el final de sus días, pero es también un maravilloso documento sobre el mundo del turf. Los personajes parecen vivir solo para las carreras. Nada sabemos de sus vidas privadas. Para Whitely no parece existir mejor compañía que los caballos: de su pequeño apartamento a la cuadra; de la cuadra al hipódromo; por si fuera poco, duerme junto a ellos antes de una gran carrera. De carácter solitario y taciturno, es más pesimista que el entrenador Chris Cooper de Seabiscuit, pero también es más cínico. Cuando la potrilla Ruffian llega a la cuadra y un mozo le recuerda su noble origen, se limita a decir: "El hermano de Man O'War acabó arrastrando un carro de leche. Nunca se sabe hasta que corren".

Si Whitely representa la figura del profesional dedicado a hacer su trabajo lo mejor que sabe, el periodista Bill Nack (Frank Whaley) es el otro gran personaje de la película. Autor de un libro sobre Seabiscuit, no duda en definir a Ruffian como una obra digna de Da Vinci. Más idealista que Whitely, suya es la voz en off que narra la historia en primera persona con sugestiva fascinación. Al tiempo que su relato fluye, las imágenes se recrean en los pequeños detalles. Sorprende la emoción que generan acciones tan simples como colocar un montura o revisar las patas y manos del caballo antes de competir por primera vez. Lo cotidiano se muestra como algo extraordinario. Aunque a veces el montaje abusa del ralentí, hay silencios, gestos y miradas que expresan muy bien los sentimientos de los personajes, la trascendencia de cada movimiento.

Carrera tras carrera, asistimos a la creación de una campeona. Con dos años, Ruffian avasalla a todas su rivales (las carreras, por cierto, están muy bien rodadas, a pesar del evidente bajo presupuesto de la película), coronándose como mejor potra de dos años de todo el país. Con tres años, continúa con éxito su periplo por las pistas y derrota a todas las de su género. Hasta que surge el desafío. Bill Nack promueve una gran carrera en la que participen los ganadores del Derby, el Preakness, el Belmont y la ganadora del Oaks (por supuesto, Ruffian, que lo hizo por 13 cuerpos, con record incluído). Tan solo el mejor de los machos, Foolish Pleasure (ganador en Kentucky y segundo en las otras dos patas de la Triple Corona) acepta el reto. La carrera adquiere en América la misma dimensión que una final de la Superbowl. Para disgusto de Nack, verdadero amante de los caballos, la prensa sensacionalista promociona el duelo como una traslación de la guerra de sexos al mundo del turf.

Ruffian llega al desafío, que se disputa en Belmont Park sobre 2.000 metros, con un inmaculado historial de diez victorias sobre diez salidas a la pista. Jacinto Vasquez, habitual jockey de ambos, decide subirse sobre la hembra. Los cajones se abren y tanto Ruffian con Foolish Pleasure tratan de situarse en cabeza, tal como era habitual en ellos. En la recta final Ruffian parece dominar, el público vibra -solo Whitely permanece quieto en la tribuna, casi sin pestañear, sin despegar sus labios- y, precisamente en ese instante, ¡Catacrac! La mano derecha de Ruffian se dobla, cruje, su jinete desmonta; toda la tribuna emite un grito sordo, una pequeña mueca en el rostro de Whitely resume todo el dolor, toda la brutalidad de la escena.




Sin embargo, del mismo modo que Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), con la que comparte muchas cosas, no concluye en el ring con el último combate de la campeona Mo Cuishle; la historia de Ruffian no acaba en el hipódromo de Belmont, aunque prefiero ahorrar ciertos detalles, recordar algunos planos finales (el regreso de Whitely a la rutina diaria, de nuevo en Camden; imperturbable, sí, pero escondiendo en algún lugar toda su amargura) y citar las palabras de Nack que cierran -de nuevo en off- la narración: "Dejó un recuerdo mucho más profundo, una visión incomparable de estilo y belleza, de poesía en movimiento escrita sobre sus cascos que todavía hoy resuena con la misma claridad que entonces".

Carlos Guiñales.











martes, 2 de septiembre de 2014

Cine y carreras de caballos (II)


EL CINE Y LAS CARRERAS DE CABALLOS (II).


En el recorrido a vuela pluma que hice en la primera parte de esta crónica omití ciertas películas que algunos amigos me habéis recordado después. No mencioné, por ejemplo, dos obras maestras como El hombre tranquilo (John Ford, 1952) y My Fair Lady (George Cukor, 1964), principalmente porque su relación con el turf se reduce a una sola secuencia, pero debo reconocer que ambas son memorables, entre otras cosas porque caricaturizan con ingenio dos sociedades tan opuestas como la rural irlandesa del primer tercio del siglo XX y la alta sociedad británica de la misma época.


El Derby de Innisfree, filmado por Ford en la costa salvaje del condado de Galway, la tierra de sus antepasados, es una de las carreras de caballos más divertidas y fascinantes de la historia del cine, a mitad de camino entre la tradición, la comedia y la fábula: los caballos galopan por la playa, remontan dunas y se introducen en el mar; los jockeys tienen el tamaño y el carácter de John Wayne y Victor McLaglen; el pastor protestante, el cura católico y dos miembros del IRA participan en la apuestas que organiza un viejo borrachín que asegura descender de los druidas (sic) y las mujeres solteras cuelgan sus sombreros de un poste como gesto que indica su predisposición al noviazgo con aquel jinete que lo recoja. Ford, en el fondo, imagina una Irlanda anclada en sus raíces y algo utópica: una especie arcadia en la cual, si una pequeña conspiración es necesaria, nada mejor que el Derby de Innisfree para llevarla a cabo.




Las carreras de caballos de Ascot representan otra tradición: frente al tópico carácter pendenciero irlandés, la no menos tópica flema británica, especialmente la de esa alta sociedad londinense de principios del siglo XX a la que aludía. Allí, por cierto, ninguna dama se desprende de su sombrero: cuanto más extravagante parece, más distinguido se considera. La secuencia del hipódromo de My Fair Lady –tan teatral como toda la película, basada no tanto en el Pigmalión de George Bernard Shaw como en el musical de Broadway-  es una divertida parodia de esa elegancia artificial y pasada de moda. En su presentación en sociedad, la protagonista (Audrey Hepburn), descubierta en los barrios bajos de Londres por un profesor de fonética (Rex Harrison) empeñado en hacerle hablar un inglés impecable, hace gala de todo cuanto ha aprendido de su mentor. Sus modales son de un refinamiento exquisito, pero cuando el caballo por el que ha apostado queda rezagado en la recta parece olvidarlo todo y grita con descaro: “Vamos, mueve tu gordo y asqueroso culo”, ante el asombro de las altivas damas de Londres.

Tampoco cité entonces ninguna película española, a pesar de que el hipódromo de La Zarzuela apareció con cierta frecuencia en títulos de los años 50, 60 y 70, más como un escenario donde se encontraba la burguesía de la época que como eje narrativo. Tal es el caso de Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955), Las chicas de la Cruz Roja (Rafael J. Salvia, 1958) o Los económicamente débiles (Pedro Lazaga, 1960). Es, en cambio, en El secreto de Tomy (Antonio del Amo, 1963), donde el recinto madrileño aparece en todo su esplendor. Un canal de televisión la repuso hace poco y pude comprobar lo mala que era la película, pero silenciando el sonido –salvo que uno sea fan de Joselito- se puede disfrutar de una especie de documental en technicolor que muestra el hipódromo de La Zarzuela tal como era en los años 60: las gradas de Torroja y la pista de hierba lucen igual que ahora, pero la fisonomía del conjunto –paisaje y arquitectura- es muy diferente. Uno de los protagonistas de la historia era, por cierto, un propietario llamado Mendoza, aunque nada tenía que ver con aquel Ramón Mendoza que años después abanderó la década prodigiosa del turf en España.

Los economicamente débiles (Pedro Lazaga, 1962)
Imagen: madridayer.wordpress.com

Entre las omisiones voluntarias, he decidido rescatar para esta segunda entrega Muerde la bala (Richard Brooks, 1972). Entonces la descarté porque aborda una carrera de caballos que excede los límites del turf: se trata de un raid de más de 700 millas a lo largo y ancho del Oeste americano de principios del siglo XX; pero la película es apasionante de principio a fin, con personajes muy bien perfilados y un tono oscuro y melancólico realmente logrado. Como en tantos otros westerns crepusculares de aquellos años, se intuye el final de una época: pronto los desiertos y praderas serán atravesados por largas autopistas y desaparecerá la imagen icónica del centauro. Pocas películas han transmitido con tanta autenticidad el cansancio físico, la sensación de que el sacrificio ha sido inútil al final de una epopeya que, si algo constata, es la nobleza del caballo frente a la avaricia del hombre. Con un argumento similar, pero sustituyendo el Far West por el desierto de Arabia, Joe Johnston rodó en 2004 Océanos de fuego.

Hay películas basadas en hechos reales que merecen formar parte de cualquier antología cinéfila dedicada al turf. Phar Lap (Simon Wincer, 1983), a pesar de que finalmente no he podido verla en una copia decente, es una de ellas. Se basa en la historia real de un purasangre nacido en Nueva Zelanda, ganador de la Melbourne Cup en 1930 y conocido popularmente como Wonder Horse, que murió al parecer en extrañas circunstancias durante un viaje a los Estados Unidos. Cierta y trágica es también la historia de Shergar (Dennis C. Lewinston, 1999), el portentoso caballo del Agha Khan que en 1982 ganó el Derby de Epsom y fue después secuestrado por el IRA, que pidió por él un rescate de 5 millones de libras. Tristemente, nada volvió a saberse jamás del caballo, pero la película especula con su destino, reservándole al purasangre un final muy bello, incierto y poético.

Phar Lap. imagen: wikipedia.org


Punto y aparte merecen las películas infantiles, sobre todo por el efecto que pueden tener en los más pequeños cuando expresan la amistad sin condiciones entre un niño y un caballo, tal vez la más pura que existe. La obra maestra del género es, sin duda, Crin blanca (Albert Lamorisse, 1953) pero hay tantas que sería imposible enumerarlas todas. Entre las que abordan el mundo de las carreras, la más notable tal vez sea Dreamer, persiguiendo un sueño (John Gatins, 2005), basada en la historia real de Mariah’s Storm, una ganadora de la Breeder’s Cup Juvenile que se recuperó de una gravísima lesión, y con Dakota Fanning en el papel de una jovencísima amazona. Una historia de superación personal, muy del gusto norteamericano, presente también en el drama The Derby Stallion (Craig Clyde, 2005).

Dejo para la tercera y última entrega los comentarios sobre Seabiscuit, más allá de la leyenda, Secretariat y Ruffian. La visión de esta última, realizada para la televisión por Yves Simoneau en 2007, ha sido una grata sorpresa que merece un amplio comentario.

Continuará…

Carlos Guiñales