miércoles, 17 de diciembre de 2014

Claudio Carudel

RECORDANDO A CARUDEL.

Fue en el otoño de 1983, si no recuerdo mal, cuando las carreras de caballos se colaron, por primera vez y con rigurosa puntualidad dominical, en el salón de mi casa a través de la televisión. Aunque antes había visto, también gracias a la pantalla catódica, un par de Grand Nationals, seguía sin saber nada de turf –y menos aún de apuestas- pero aquellas imágenes de caballos galopando a toda velocidad me atraparon enseguida y pronto aprendí la primera lección de todas: Carudel montaba casi siempre al caballo ganador. Además de eso, la chaquetilla amarilla y aspas rojas que solía vestir se distinguía muy bien en la tele en color recién estrenada. Los caballos hicieron el resto: Richal, Leyla, Cancún, Falla, Travesura, Bala, Namanti, Teresa, Casualidad y muchos otros cimentaron mi afición. Puedo decir, sin exagerar, que primero me hice seguidor de Carudel y después empecé a entender algo de caballos (dificilísima tarea en la que todavía sigo inmerso, sin demasiado éxito).

Imagen: A Galopar


Claudio se bajó definitivamente del caballo solo cuatro años después de aquel descubrimiento. Su despedida en Madrid tuvo lugar una gélida mañana de finales de otoño. No se trataba de ningún gran premio sino de una carrera menor. Su caballo, Señor Uvas, era superior al resto y estuvo a la altura de la responsabilidad que se le había otorgado. Claudio le guio con maestría: el rubio enfiló la recta de tribunas por última vez en su vida y comenzó a arrear con determinación hasta la misma línea de meta, a pesar de que su ventaja sobre el resto era abismal cuando los caballos pasaron a la altura de la tribuna norte, donde yo me encontraba. Última carrera y última victoria. No había demasiada gente en el hipódromo aquel día ni recuerdo que hubiese cámaras de televisión, pero jamás he presenciado en La Zarzuela un aplauso tan largo y sincero como el que le recibió a su regreso a balanzas. Fui consciente del significado –deportivo y, sobre todo, ético- que había tenido Carudel para nuestras carreras y sentí no haber podido disfrutar durante más tiempo de su sentido del paso, de su dominio del caballo, de su personalidad dentro y fuera de la pista.

El jockey se retiró, pero el ídolo permaneció. Como estudiante de Periodismo, recuerdo que mi primera práctica audiovisual en la Facultad de Ciencias de la Información consistió en improvisar un monólogo ante una cámara de televisión. Tenía que describir con precisión a un personaje en un par minutos y elegí a Claudio, al que creía conocer muy bien sin tan siquiera conocerle personalmente. Terminado mi balbuceante relato, el profesor se acercó y me dijo en voz baja: “Yo también iba al hipódromo y siempre apostaba por Carudel. Después elevó el tono: “Mira, chaval, no creo que puedas dedicarte a la televisión. No has movido las manos para nada, aunque veo que tienes físico de jockey…”.

Aparte de exclamar, no debí hacerle mucho caso porque un año después de aquello comencé a trabajar en una televisión local y aproveché para hacer un reportaje en el hipódromo de La Zarzuela. Carudel se había convertido en preparador, pero la cuadra Rosales había desaparecido y la situación del hipódromo ya era crítica, casi tanto como ahora. Fue el día que se corrió el Derby que ganó Madrileño. Claudio tenía el gesto serio cuando me acerqué a él en el paddock y le hice algunas preguntas (más como el admirador incondicional que había sido que como el periodista que comenzaba a ser).




Durante casi una década apenas volví a saber nada de él, pero cuando se anunció la reapertura del hipódromo de La Zarzuela volvimos a encontrarnos. Yo trabajaba en Telemadrid y cualquier excusa me parecía buena para hacer un reportaje sobre el turf; y Claudio, amable y cercano, siempre parecía estar disponible para nosotros. En diferentes entrevistas hablamos de la nueva y flamante pista de fibra, de los jóvenes jockeys que saldrían de la después tristemente desaparecida escuela de aprendices o del inicio de una nueva y esperanzadora temporada. Ya con el micrófono cerrado, él solía hablarme de sus tiempos de jockey, de esa “espinita clavada” en Francia con Teresa, a la que solo pudo conducir al quinto puesto en el Vermeille, y de José Luis Martínez, el jockey español que más le gustaba. Hay una frase que siempre le recuerdo: "El buen jockey es el que cumple las órdenes. El jockey excepcional es el que las incumple y, sin embargo, acierta".

Debí verle por última vez un año antes de su muerte, durante una de las bulliciosas noches veraniegas del hipódromo. Claudio caminaba silencioso y distraído entre una multitud que probablemente lo ignoraba todo sobre aquel hombre menudo. Nos saludamos brevemente. Parecía sentirse cómodo sin llamar demasiado la atención ante una muchedumbre más atenta a las copas y a las luces de la pista. Se despidió, como siempre hacía, con una educada sonrisa.


Hace solo unos días –justo al tiempo que el turf español alimenta su leyenda negra en los despachos poniendo en peligro su propia existencia- un nieto de la inolvidable Teresa, Madera de Jefe, lograba una victoria preciosa en Toulouse. Me acordé de Carudel (igual que hoy me acuerdo de Cachi Balcones, el Carudel de las vallas) y sentí que parte de la deuda había quedado saldada. La otra parte es cosa nuestra. Solo salvando el turf podremos honrar su memoria.

Carlos Guiñales

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Nacho Escario

NACHO ESCARIO. PASIÓN POR MONTAR.

Ganando con su yegua Jade el Memorial Duque de Toledo
La victoria conseguida hace solo unas semanas por Honeymoon Beach fue muy especial para su jinete y propietario, Nacho Escario. Hacía casi seis años que no vestía la chaquetilla de su propia cuadra y era su primer triunfo después de casi doce meses sin montar por culpa de una grave lesión. Con 45 años y 99 victorias en su palmarés, Escario hace balance de su trayectoria en el hipódromo sin dejar de mirar al futuro. En septiembre recibirá un yearling de Jade, la yegua que le encumbró en el Memorial 2006. La historia aún puede repetirse.

UN REGALO DE SU PADRE.

Los Escario eran más aficionados al motocross que a los caballos, por eso cuando su padre le prometió un regalo por aprobar 8º de EGB, la respuesta les dejó a todos estupefactos: “Esperaban que pidiese una moto y yo pedí un caballo. Había estado en el hipódromo con un amigo de mi padre que era propietario y me enamoré del turf”. El regalo se llamó Canastero, que no fue una gran figura, pero ganó un par de carreras en Pineda y sirvió para que Nacho aprendiese a montar bajo la tutela de Ceferino Carrasco padre. Una tarea reservada a las mañanas de los sábados, pues los estudios seguían siendo lo primero.

Su debut en carreras tuvo lugar en 1985, con Kisnoa; y su primera victoria fue precisamente con un hijo suyo, Willow. Con él ganó Escario en las nocturnas madrileñas en 1991: “En aquella época montaba muy poco, solo a mis propios caballos –Kisnoa, Belinda, Willow- y además lo hacía muy mal, pero eran mi pasión. Aunque trabajaba en la empresa de mi familia, me pasaba el tiempo pensando en ellos”.

ITALIA Y OTROS DESTINOS.

Tal era su afición que acabó dejando el trabajo para poder dedicarse a los caballos: “Quería hacer algo importante. Me propuse ser campeón de España de jinetes aficionados y lo conseguí; después me propuse se campeón del Mundo (de carreras en liso) y logré el subcampeonato. Monté en Noruega, Holanda, Eslovaquia, Suiza, Hungría… Fue un riesgo lo que hice, dejarlo todo, pero los resultados me confirmaron que no me había equivocado”.

Con el hipódromo de La Zarzuela cerrado, Escario viajaba a menudo a Mijas para montar. Allí conoció a un gentleman y preparador italiano, Cristiano Fais, que le abrió las puertas del turf transalpino: “Me buscó un caballo para montar en Italia y gané en la primera oportunidad. A partir de ahí surgieron otros contactos. Empecé a montar todas las semanas, a veces en siete u ocho carreras. Compramos un caballo, Ajyaal, con el que gané diez carreras. Vivía en Madrid y viajaba a Italia una o dos veces por semana. Fueron tres años inolvidables. Casi la mitad de mis victorias las he conseguido en Italia”.

La curiosidad que sentía por el turf de otros países le llevó hasta Perú: “Buscaba buenos caballos para correr grandes premios en España. Al principio pensé en Chile o Argentina, pero entré en una web dedicada al turf peruano y descubrí que allí había un nivel muy alto. Su único hipódromo tiene 1.200 caballos y alberga carreras de Grupo I. Cuando algún ejemplar destaca, lo compran los americanos. Pregunté cuál era el más caro de todos y me dijeron que costaba unos 150.000 euros. A partir de ahí sabía a qué atenerme”.

La torda peruana White Gold, ganando en Monterrico.


JADE Y EL MEMORIAL.

Así fue como llegó hasta Jade, una yegua que había ganado Grupo I en el hipódromo de Monterrico, conocido como el Coloso de Surco, en Lima: “Parecía problemática, pero me decidí por ella después de ver algunos vídeos. Cuando llegó a España, junto con British Steel, costó mucho tranquilizarla. A las yeguas les cambia el ciclo menstrual cuando viajan desde países suramericanos. Recuerdo que la montaba por las mañanas y no conseguía hacerme con ella, así que la envié un tiempo a Algete, con el Joannes Osorio, y volvió mucho más relajada”.

Jade costó, con el transporte incluido, 50.000 euros, pero acabó dándole a su propietario su mayor éxito como jinete, la victoria –inesperada para muchos- en el Memorial Duque de Toledo de 2006: “La pista estaba muy pesada y nos dejaron ir. Mantuvimos una ventaja de entre 3 y 5 cuerpos durante toda la carrera. Y allí estaban Baldoria, Bannaby y Nurenieva. Creo que todos se confiaron. Mi monta fue buena, pero todo es siempre más fácil cuando montas  a un buen caballo. A nosotros no nos sorprendió la victoria. Fue una recompensa a toda la paciencia que habíamos tenido con ella”.



Jade ganó al año siguiente el Premio Benítez de Lugo y Nacho Escario siguió confiando en el turf peruano. Después de British Steel, llegaron White Gold, Sandra’s Girl y José Antonio. Todos lograron algún triunfo, aunque la hazaña de Jade, que a los más veteranos hizo recordar la conseguida por el Duque de Alburquerque en el Gran Premio de Madrid de 1968 montando a Tebas, no volvió a repetirse.

EL REGRESO.

2013 fue un año difícil para él. Un caballo cayó sobre él mientras lo adiestraba para entrar en los cajones de salida y sufrió graves lesiones. También ha estado en tratamiento por dos hernias discales que padecía, precisamente a causa de tanto montar a caballo. “A veces se piensa que los gentlemen somos unos señoritos, pero yo me levanto todos los días a las cinco de la mañana para venir al hipódromo, llueva, nieve o haga sol. También es verdad que el concepto de amateur ha cambiado. Hay jinetes que lo utilizan como una etapa previa a convertirse en jockeys, y hay grandes preparadores –Mauricio Délcher, Enrique León, Guillermo Arizcorreta- que han pasado por esto antes de dar un salto mayor. Es una fuente de la que están saliendo excelentes profesionales y deberíamos cuidarla”.

Por ahora no piensa en colgar la fusta. Durante su periodo de convalecencia tuvo que ver, con cierta envidia, como otros se subían en sus caballos: “Iba a Francia a ver correr a Honeymoon Beach, montada por jinetes que seguramente eran mil veces mejores que yo, y me sentía incómodo. Me gusta ver mis colores en la pista, pero lo que más me gusta es montar. Por eso quería traerla a Madrid. Ahora que estoy recuperado puedo montarla cada mañana. Lo que más me ha sorprendido es ganar tan fácil la primera vez”.

Jade está criando en Normandía y en septiembre llegará a la cuadra de Nacho Escario el yearling que tuvo por Solokov; y hace solo unas semanas tuvo otro foal, hijo de Motivator. Su ilusión no parece muy diferente a la que sintió cuando, hace muchos años, su padre le regaló a Canastero.

Mayo de 2014 (publicado en A Galopar)

Carlos Guiñales